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En la primera temporada de la serie norteamericana Mad Men, situada inicialmente en los años 50, Betty Hofstadt, la esposa de Don Draper, atraviesa un largo período de malestar y angustia ante las diferencias que encuentra entre la vida matrimonial y familiar previamente imaginada y la experiencia real. Finalmente comienza a sentir cierto entumecimiento en sus manos. El síntoma entra en escena. Los médicos califican a esta afección como “psicosomática”. Betty es derivada a un psiquiatra, quien le propone iniciar un análisis.

Luego de las entrevistas preliminares, Betty comienza recostarse en el diván. Asocia libremente. Al inicio encuentra en esa experiencia un inusual espacio de libertad para su decir. Y concurre a sus sesiones con regularidad.

Con la misma regularidad, luego de cada sesión, su analista se comunica telefónicamente con su esposo para transmitirle las palabras de su paciente, en una clara violación de toda premisa de confidencialidad.

Betty no tarda en descubrir la maniobra. Y, finalmente, termina separándose de su marido y dejando de asistir a las sesiones.

La secuencia pone en escena el modo en el que un supuesto practicante del psicoanálisis puede estar atravesado por el machismo propio de su época, al punto de que ese atravesamiento lo lleve a minar las disposiciones éticas de la actividad de la que se presenta como practicante.

La serie, en general, invita a comparar aquella época con la nuestra. En sus diferencias. Pero también en sus continuidades.

 

En Lend dejaron cesante a un cartero, que durante años no repartió todas las cartas de las que sospechaba noticias tristes ni, como es natural, todas las esquelas que recibía, sino que las quemaba en su casa. Finalmente, el Correo hizo que lo internaran en el manicomio de Scherrnberg, donde, con uniforme de cartero, va de un lado a otro repartiendo continuamente cartas, que echa en un buzón colocado expresamente para ello por la administración del manicomio en uno de los muros del manicomio, y que están dirigidas a los demás pacientes. Inmediatamente después de ser internado en el manicomio de Scherrnberg, el cartero pidió su uniforme de cartero, según se dice, para no tener que volverse loco.

[Thomas Bernhard. “El imitador de voces”. 1978]

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