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“desde hace diez o quince años, lo que se manifiesta es la inmensa y proliferante criticabilidad de las cosas, las instituciones, las prácticas, los discursos; una especie de desmenuzamiento general de los suelos, incluso y sobre todo de los más conocidos, sólidos y próximos a nosotros, a nuestro cuerpo, a nuestros gestos de todos los días. Pero, al mismo tiempo que ese desmenuzamiento y esa sorprendente eficacia de las críticas discontinuas y particulares, locales, se descubre en los hechos, por eso mismo, algo que acaso no se había previsto en un principio: lo que podríamos llamar efecto inhibidor propio de las teorías totalitarias, y me refiero, en todo caso, a las teorías envolventes y globales. No digo que esas teorías envolventes y globales no hayan proporcionado y no proporcionen todavía, de una manera bastante constante, instrumentos localmente utilizables: el marxismo y el psicoanálisis están precisamente ahí para demostrarlo. Pero creo que sólo proporcionaron esos instrumentos localmente utilizables con la condición, justamente, de que la unidad teórica del discurso quedara como suspendida o, en todo caso recortada, tironeada, hecha añicos, invertida, desplazada, caricaturizada, representada, teatralizada, etcétera. Sea como fuere, cualquier recuperación en los términos mismos de la totalidad provocó, de hecho, un efecto de frenado. Entonces, primer punto, si ustedes quieren, primer carácter de lo que pasó desde hace quince años: carácter local de la crítica; lo cual no quiere decir, me parece, empirismo obtuso, ingenuo o necio, y tampoco eclecticismo blando, oportunismo, permeabilidad a cualquier empresa teórica, ni ascetismo un poco voluntario, reducido a la mayor magrura teórica posible. Creo que ese carácter esencialmente local de la crítica indica, en realidad, algo que es una especie de producción teórica autónoma, no centralizada, vale decir, que no necesita, para establecer su validez, el visado de un régimen común.”

michel foucault
“(…) hay que defender la sociedad (…)”
curso en el collège de france
clase del 7 de enero de 1976

epistemologia-del-hacer-intento-de-diagrama

Una epistemología es un tipo de relación con el saber. Un modo de vincularnos con los textos, las teorías, las ideas y los conceptos que son efecto del trabajo del pensamiento. Proponernos entonces comenzar a pensar una disciplina por inventar, la “epistemología del hacer”, que implica asumir como punto de partida la siguiente pregunta: ¿Qué tipo de relación con el saber conviene establecer desde la perspectiva del hacer? Y si entendemos esa “conveniencia” en términos de potencia o fecundidad, la pregunta podría reformularse del siguiente modo: ¿Qué modo de vincularnos con el saber resulta más fecundo o más potente para nuestras prácticas?

Esta pregunta, que organiza la relación con la teoría como un problema de incremento de la potencia de nuestras prácticas implica asumir una relación política con la teoría antes que una relación teórica con la política.

Llegados a este punto, queda claro que no sólo se trata de pensar la teoría y la práctica sino que lo crucial es abordar la forma en la que ambas se relacionan.

[el resto del texto puede leerse acá]

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“¿Cómo formular una epistemología de la revuelta? ¿Cómo se produce el conocimiento en los procesos de lucha de clases? Comentando cuidadosamente a Lenin, a Marx, a Clausewitz, Jacoby estudia el pasaje de la historia de las primeras rebeliones proletarias a la revolución de 1917. Puntualmente, la Comuna de París de 1871, su fracaso, su recuperación posterior por la teoría leninista y el análisis del uso de las lecciones que esa derrota dejó como estrategia para la revolución bolchevique. Haciendo eje en los escritos de Lenin (La guerra y la socialdemocracia en Rusia o Las enseñanzas de la Comuna entre varios otros), Jacoby desarrolla la hipótesis de que la guerra imperialista entre los países se transformará en guerra civil, como acceso de las clases oprimidas al saber revolucionario y al armamento, frente al debilitamiento de las burguesías dominantes. “Un ejército revolucionario nacería desde el interior de la crisis del ejército imperialista”. La revolución, imprevisible, de 1917 fue posible, así, “contra todos los vaticinios eruditos”. Pero es más que el vaticinio: “Toda experiencia es construida a través de un proceso teórico-práctico”, dice Jacoby. “Para que el fenómeno comunero se convirtiera en una experiencia fue necesaria cierta desagregación de sus elementos y una selección de esos aspectos por medio de instrumentos teóricos adquiridos, el intento de articularlos en un modelo configurado a partir de la teoría preexistente y el descubrimiento de cierta desacomodación o nivel de incongruencia entre los hechos observados y el esquema teórico. Por último, se produjo una reestructuración de la teoría”. Hay un movimiento incesante de constitución de los conceptos, así como del objeto que ellos definen, “al ritmo de la lucha de clases”. La revolución necesita poner en funcionamiento una máquina comunicativa, simplificando conceptos y divulgándolos, para que “el modelo de la realidad, convertido en estrategia, se materialice como revolución real”.”

 

Irina Garbatzky
Una epistemología de la revolución
El asalto al cielo, de Roberto Jacoby, Buenos Aires, Mansalva, 2014.

http://bazaramericano.com/resenas.php?cod=549&pdf=si

Mi relación con Deleuze no puede describirse en términos de influencia. Deleuze, en efecto, no ha jugado ningún papel en la constitución de mis intereses, de mis maneras de sentir y de mi manera de problematizar objetos de reflexión. Durante mucho tiempo, le leí muy poco y no le comprendí en absoluto : comprender a un autor, para mí, quiere decir estar en disposición de hacer algo con lo que él dice, reapropiármelo y reinventarlo. No son conceptos lo que uno trata de reapropiarse. Digan lo que digan Deleuze y Foucault, los conceptos no son herramientas. Se supone que una herramienta puede servir idénticamente a cualquiera pero las herramientas de los filósofos no sirven realmente sino a ellos : la perfecta vacuidad de tantos escritos que « utilizan » las « herramientas » dejadas por Deleuze, Foucault, Althusser o Derrida nos instruye sobre esto todos los días. Los conceptos son más bien maneras de hacer una relación del terreno, de trazar las líneas entre tal y tal punto, de dibujar un territorio. Materializan por tanto antes que nada maneras mismas de « ir » a un terreno, de ligar el trabajo de las palabras sobre las palabras mismas al dibujo de ese « exterior » de ese otro de sí mismas que las palabras convocan. La manera de Foucault que penetra en el corazón de cierta división de la experiencia sensible a través del corte entre la biblioteca y el archivo, que alcanza los decorados, los ruidos y las heridas del mundo social a través de eso que los papeles amarillentos dejan percibir como sabor sensible y como potencia operativa de las palabras que describen, clasifican y ordenan, es una manera de hacer conceptos que puedo apropiarme. Corresponde a mi propia sensibilidad que privilegia el corte, la distancia, la atención a la configuración de un paisaje conceptual y vivido, el sentimiento de lo que las palabras sin espesor hacen a las cosas llamadas concretas. Sin embargo el caminar de Deleuze, su manera de operar una coalescencia entre las grandes palabras de la metafísica y los monstruos que pueblan los sueños, los mitos y los monstruos, de arrastranos en la potencia de la Vida, definen un imaginario metafísico en el que no puedo entrar. Finalmente, me acerqué a Deleuze por el apremio de otros : aquellos que, tras la muerte de Deleuze, pidieron a no-deleuzianos o a anti-deleuzianos que contribuyeran a evaluar su pensamiento – esto es, desde mi punto de vista, a abrirlo ; y los estudiantes que me pidieron que « dirigiera » tesis sobre un autor que ellos habían leído más que yo. A partir de ahí me vi obligado a entrar en diálogo con el pensamiento de Deleuze. Resumiré este diálogo así : Deleuze está para mí en el rango de los filósofos que han querido ampliar la filosofía, dar un papel constructivo a lo que se suele llamar sus objetos, hacer entrar y situar en su corazón su afuera mismo. Él define por tanto una referencia esencial para mi tentativa que es más bien, a la inversa, hacer salir la filosofía de sí misma, incluir sus trayectos, sus proposiciones, sus argumentos y sus descripciones en la topografía de un territorio ampliado de las invenciones del pensamiento en la que ellas encuentran frases de escritores, montajes de cineastas, pero también invenciones de lenguaje y de pensamiento por las que aquellos que no están contados como pensadores se prueban en su ejercicio. En el punto de encuentro de estas dos tentativas – cuya amplitud no es evidentemente comparable -, hay ciertos dominios y ciertas operaciones privilegiadas : especialmente las operaciones de alteración, de desfiguración, de indiferenciación que componen el dominio del arte y de la experiencia estética en el régimen estético del arte. Como lo decía más arriba, yo trato de describir esas operaciones en términos de invención, de creación de modos de visibilidad, de constitución de nuevas maneras de ser afectados, etc., mientras que Deleuze hace viajar esas operaciones entre el dominio de la etología y el de la metafísica. Describir la doble lógica narrativa de Proust, la « fábula contrariada » de las películas de Hitchcock o las operaciones de la visibilidad de la pintura de género en el siglo XIX, es entonces para mí confrontar esos análisis de esas operaciones a los de los devenires y las metamorfosis de Deleuze. Deleuze es así para mí una referencia esencial no porque me proveería de herramientas a utilizar, sino porque me permite comprender lo que yo hago con los mismos “objetos” que él, qué mundo construyo para ellos: no el de la manifestación de la potencia excedente de la vida sino el de la verificación de la igualdad de las inteligencias.

“Las prácticas intelectuales constituyen el bastidor de la política. Porque no es que primero existan intelectuales ni grupos intelectuales, sino que hay ciertos problemas de la política y del conocimiento que al ser identificados, reclaman un tratamiento que inevitablemente exige de la vida intelectual común. Quienes los tratan con esa conciencia son “intelectuales”, no de un modo inmutable y para siempre, ni porque hayan leído a Lukács, a Gramsci o a Carlos Astrada, sino que lo son ante la exigencia de tratar dentro de cierto nivel de conceptualización los nudos de la historia que nos interesan.

(…)

De este modo, no se trata de que hay intelectuales –aisladamente los hay– sino de que todo problema histórico político consistente reclama un tratamiento que no puede dejar de pasar por la cuestión intelectual. Esto es, no puede dejar de ser problematizado y discutido sino se recurre a la historia del problema, a los modos en que apareció en coyunturas similares, a las formulaciones que recibió en ocasiones homólogas, a los supuestos cognoscitivos que visible o invisiblemente lo sustentaron o refutaron. Hay una historia de los problemas, ciertas encrucijadas políticas, económicas o de la existencia social colectiva, que en su trasfondo íntimo tienen la naturaleza de ser parte de una configuración teórica que es recurrente y permanece encubierta. No es necesario que ante ella se haga presente el clásico intelectual “develador de enmascaramientos” sino que cualquier espíritu avizor puede desentrañar las armazones enmascaradas de lo real detrás de lo real. En verdad, vivimos una situación donde el interés por la política se expresa en una división entre los más o los menos predispuestos a despejar las superficies litúrgicas visibles, respecto de los tejidos históricos de fondo, aparentemente inescrutables.”

horacio gonzález
la cuestión intelectual

gramsci_alesLas ideas son grandes en cuanto son realizables, o sea, en cuanto aclaran una relación real inmanente a la situación, y la aclaran en cuanto muestran concretamente el proceso de actos a través de los cuales una voluntad colectiva organizada da a luz esa relación (la crea ) o, una vez manifiesta, la destruye y la sustituye. Los grandes proyectistas charlatanes son charlatanes precisamente porque no saben ver los vínculos de la “gran idea” lanzada con la realidad concreta, no saben establecer el proceso real de actuación. El estadista de categoría intuye simultáneamente la idea y el proceso real de actuación: redacta el proyecto junto con el “reglamento” para la ejecución. El proyectista charlatán procede tentando y volviendo a probar: son las “idas y venidas” de la fábula. ¿Qué quiere decir “conceptualmente” que hay que añadir al proyecto un reglamento? Quiere decir que el proyecto tiene que ser comprendido por todo elemento activo, de tal modo que vea cuál tiene que ser su tarea en la realización y actuación: que el proyecto, al sugerir un acto, permita prever sus consecuencias positivas y negativas, de adhesión y de reacción, y contenga en sí mismo las respuestas a esas adhesiones y reacciones, ofreciendo, en suma, un campo de organización. Este es un aspecto de la unidad de la teoría y la práctica.

Corolario: todo gran político tiene que ser necesariamente también un gran administrador, todo gran estratega un gran táctico, todo gran doctrinario un gran organizador. Este puede ser incluso un criterio de valoración: se juzga al teórico, al productor de planes, por sus cualidades de administrador, y administrar significa prever los actos y las operaciones, incluso los “moleculares” (y los más complejos también, claro está) necesarios para la realización del plan.

Como es natural, también es verdad la recíproca: hay que saber subir desde el acto necesario hasta el principio correspondiente. Críticamente es ese proceso de suma importancia. Se juzga por lo que se hace, no por lo que se dice. Constituciones estatales, leyes, reglamentos: son los reglamentos, o incluso su aplicación (que se hace mediante circulares), los que indican la real estructura política y jurídica de un país y de un Estado. (Cuaderno XXVIII)

Antonio Gramsci
Cuadernos de 1929 a 1931

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