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Llamar a derrocar el orden existente
parece espantoso.
Pero lo existente no es ningún orden.

Recurrir a la fuerza
parece malo.
Pero dado que la fuerza se pone en práctica
de modo rutinario, ello no es nada del otro mundo.

El comunismo no es lo extremo
que sólo puede realizarse en una pequeña porción
sino que antes de que esté realizado del todo
no hay ninguna situación soportable
ni siquiera para los insensibles.

El comunismo es en realidad la exigencia mínima
lo más inmediato, moderado, razonable.
Quien se opone a él no es un pensador discrepante
sino un irreflexivo o quizá alguien
que sólo piensa en sí mismo
un enemigo del género humano
espantoso
malo
insensible
alguien que quiere lo extremo,
eso que si se realiza incluso en una mínima porción
arruinará a la humanidad entera.

[Bertolt Brecht]

hay un ciclo (inmanente) que va de la alegría a la tristeza (y viceversa)
y un ciclo (trascendental) que va de la ilusión a la desilusión (y viceversa)

hay que explorar la diagonal que va de la alegría a la ilusión (y viceversa)

esa diagonal es la prefiguración

20408

En el marco de un debate con Marcel Gauchet sobre “Comunismo y democracia” hice referencia a ciertas características de la Revolución Cultural China en función de un argumento complejo. Esto resultó suficiente para que Laurent Joffrin abandonara la tarea que sin duda ocupa la mayor parte de su tiempo –el gradual despido de casi un centenar de empleados del periódico Libération– para emitir su veredicto: Badiou es sólo un dinosaurio congelado.

El método de Joffrin para mostrar mi congelamiento es simple y expeditivo: la expresión “Revolución Cultural”, en sí misma, provoca en él la eyaculación numérica de ‘setecientos mil muertos”, junto con horrorosos –y verdaderos- detalles vinculados con el abuso de un reconocido intelectual en manos de los Guardias Rojos.

Tal vez Joffrin no haya dedicado suficiente tiempo a reflexionar acerca de la formulación que utilicé en el texto supuestamente culpable, dado que la contabilización de la cantidad de muertos no representa nada en términos de análisis político. Imaginemos que en medio de un debate político acerca de la democracia alguien presentara argumentos que guardasen relación con episodios importantes de la Revolución Francesa. ¿Debemos suponer que Joffrin interrumpiría la conversación diciendo “¿Revolución Francesa? ¿Hablás en serio? ¡200.000 muertos y la salvaje decapitación del gran poeta André Chernier!”? No, él no haría tal cosa porque conoce mínimamente la Revolución Francesa y su rol fundamental en el desarrollo de las democracias modernas. De modo que el punto es que no sabe nada, y no quiere saber nada, sobre la Revolución Cultural y su rol no menos fundamental en el desarrollo del comunismo moderno. Ni siquiera sabe quién mató a quién, en qué contexto, por qué razón. La cuestión del comunismo político es mucho más moderna que la cuestión de la democracia liberal, que fue agotada en sus orígenes de la década del 40 del siglo XIX (1), y las lecciones de la Revolución Cultural, incluyendo las lecciones de su fracaso, son mucho más apropiadas para abordar los problemas contemporáneos –el desquicio del capitalismo, las desigualdades retornando a los niveles previos a la Primera Guerra Mundial, el embrutecedor desarrollo de la división del trabajo, el desmantelamiento y la privatización de todo aquello destinado a servir al interés general, sin olvidar el impactante empantanamiento de la creatividad política- que las lecciones de la Revolución Francesa podrían llegar a ser. En este aspecto, Joffrin es ciertamente más anacrónico y anticuado que yo.

Esta es la razón por la cual no puede hacer más que vociferar los números que tanto aprecia, blandir el eslogan de ‘locura totalitaria’ y asegurarse de que sus lectores permanezcan atrapados en la oscura penumbra de la ignorancia.

Muy bien, ya que estamos haciendo números… La guerra de 1914 –que fue entre Francia, Inglaterra y Alemania, ¿no es cierto?, poderes occidentales civilizados ya perfectamente asentados en la democracia moderna, con elecciones libres, parlamentos, sindicatos, partidos e incluso partidos socialdemócratas sustanciales, ¿no es cierto? Y prensa libre. En todo caso, con un poco más de libertad de la que Joffrin tiene respecto de sus formidables accionistas… Entonces, países sin ningún rasgo totalitario. Y, además, todo el mundo acuerda hoy en que se trató de una guerra inútil, peleada por absolutamente nada, excepto un derramamiento de sangre suicida del cual Europa no se ha todavía recuperado del todo. Entonces, ¿podría Joffrin atribuirle algún significado político profundo a la guerra de 1914? No lo creo.

Muy bien, sólo en Francia esta guerra produjo cerca de un millón cuatrocientas mil muertes, una colosal masa de jóvenes arrojados al barro y al fuego, durante cuatro años de infierno, tratados como carne de cañón, muriendo con sus cuerpos desmembrados, desgarrados entre necias ofensivas y retiradas caóticas. La guerra de 1914 (y Occidente también tuvo la Segunda Guerra Mundial, además de incontables y brutales expediciones coloniales, continuadas hoy aquí y allá con las expediciones de tropas, aviones y drones; asesinatos indiscriminados y destrucción de Estados, sin que la justicia o la igualdad tengan la más mínima importancia) causó, sólo en Francia  y en cuatro años, el doble de las muertes que sufrió China en sus diez años de Revolución Cultural, incluso acordando con los cálculos de Joffrin. China, cuya población es veinte veces mayor a la de Francia. Si (¡hagamos números! ¡hagamos números!) la Revolución Cultural hubiese alcanzado el desastre experimentado únicamente por Francia en la guerra de 1914 –un conflicto protagonizado por las democracias ejemplares que eran los poderes occidentales- entonces deberían haber muerto ¡28 millones de personas! Acordemos entonces en que, en la mórbida historia de la humanidad, todos los Estados –sin diferenciar, al respecto, si son calificables como democráticos o ‘totalitarios’- tienen sangre hasta las orejas. Pero reconozcamos también que la muy-democrática-y-para-nada-totalitaria Primera Guerra Mundial representó una orgía de muerte sin paralelo con la devastación humana resultante de la Revolución Cultural. Y, para proporcionar un apunte de orden más subjetivo, recordaré que durante mi juventud cuando, ante la contemplación de las guerras coloniales, comencé a comprometerme en los rigores de la política, las comisarías de París eran sitios donde tenía lugar la tortura más despiadada. El gobierno libremente elegido de esa época estaba incluso presidido por un socialista. ¿No es hora de que Joffrin comience a hablarnos de la ‘locura democrática’?

Llegados a este punto, dejemos las cifras por un momento de lado y recordemos que la guerra de 1914 no tuvo ningún sentido racional, no le aportó nada –realmente, nada- a los pueblos concernidos por ella y no realizó la más mínima contribución al pensamiento político. Yo, por mi parte, soy capaz –como puede serlo cualquier persona deseosa de informarse a sí misma- de atribuirle una profunda significación a la Revolución Cultural. Sé que los obreros y estudiantes que se sumergieron en ella no eran para nada como los hombres movilizados en 1914. No se trataba de presas del Estado, enviadas a morir en las trincheras. No: ellos inventaron nuevas formas de intervención política, una nueva vida militante. De acuerdo con la fórmula de Mao, ellos se “involucraron libremente en los asuntos del Estado”. Conozco las consignas más importantes que estos militantes sostuvieron. Sé que se trató de comprender si resultaba posible superar la inercia burocrática y terrorista del Partido-Estado y de qué manera, en la senda de las verdaderas innovaciones comunistas, realizarlo; si resultaba posible desarrollar formas de colectivización distintas a la estatización y de qué manera realizarlo; si resultaba posible inventar soluciones para superar las grandes contradicciones entre la ciudad y el campo, el trabajo manual y el intelectual, la agricultura y la industria, los ingenieros y los obreros, y de qué manera realizarlo; si las fábricas chinas podrían resultar radicalmente diferentes de las fábricas capitalistas, y de qué manera realizarlo; si resultaba posible implementar lo que Lenin consideraba la clave del desarrollo comunista de la revolución, mucho más allá de la simple toma del poder: lograr un verdadero control del Estado –que siempre tiende hacia el conservadurismo- por parte de organizaciones populares independientes, y de qué manera realizarlo. Tenemos los textos, la documentación hoy es accesible –incluyendo millones de periódicos, afiches, proclamas, decretos y conversaciones con funcionarios, así como los panfletos de miles de organizaciones militantes que brotaron en esos años. En síntesis, los testimonios de la más memorable movilización democrática que el mundo haya conocido, llegando al extremo de permitir a los organismos de masas  ingresar a los edificios públicos para examinar los registros contenidos en sus archivos.

Existen muchos libros (2) que tratan de esos gloriosos, nuevos y difíciles momentos, que también incluyeron por supuesto episodios de violencia (“La revolución no es una cena de gala”, como lo expresó Mao). Libros que se distancian tanto de la propaganda anticomunista occidental como de la propaganda de los aliados más importantes de la reacción contemporánea –es decir, los amos burgueses de la China de nuestros días. Éstos surgieron finalmente victoriosos del entrevero pagando el costo de una despiadada represión dirigida hacia los rebeldes maoístas, una represión responsable de la gran mayoría de las víctimas que Joffrin supone computar.

Lo que permite que el liberal antediluviano de Joffrin hable de la Revolución Cultural en términos de ‘locura totalitaria’ es meramente el hecho de que esta revolución, portadora del futuro sobre la base del cual deberán formularse los principios de la nueva secuencia comunista, fracasó al intentar realizar sus propias ambiciones. Sus enemigos inmediatos, las camarillas en el Partido lideradas por Deng Xiaoping, tomaron el poder, y se apresuraron a llevar a China por la ‘vía capitalista’ –intención que los revolucionarios habían previamente denunciado- con una brutalidad sin paralelismos. Pero, del mismo modo en que el sangriento fracaso de la Comuna de París constituyó el punto de partida para el desarrollo de la creatividad política de Lenin y la victoria de la Revolución de Octubre, el fracaso de la Revolución Cultural servirá, en definitiva, –luego de una cuidadosa consideración realizada mediante debates, textos, encuentros e iniciativas- para la restauración y el relanzamiento de la idea comunista. Sin esto, las sociedades que hoy de forma tan terriblemente pasiva se entregaron al completo retorno de la barbarie capitalista inevitablemente ingresarán en la oscura noche de las guerras sin fin.

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(1) Considerando el hecho de que los postulados de los liberales contemporáneos, o los social-liberales, o los neoliberales, o los social-demócratas o, más generalmente, los ‘modernos’ o ‘reformistas’ o ‘adaptados-a-las –extraordinarias-transformaciones-del-mundo-en-las-décadas recientes” no son más que débiles variaciones de la ideología del capitalismo establecida desde el siglo XIX, el cual susbsiste ne varietur, vale la pena leer la impactante documentación reunida por Domenico Losurdo en su “Contrahistoria del Liberalismo”. En este libro podemos ver quiénes eran realmente Locke, Frankiln, Smith y muchos otros, reservando un espacio honorífico (o tal vez debería decir ‘horrorífico’) especial para Tocqueville, ese ícono del ‘democratismo’ contemporáneo.

(2) Existen muchos estudios serios acerca de la Revolución Cultural –esto es, trabajos que no resultan libelos propagandísticos (cuyo prototipo casi definitorio lo constituyó el famoso “Las nuevas ropas del emperador” de Simon Leys, una brillante improvisación ideológica carente de cualquier relación con la realidad política), muchos de los cuales son obras académicas producidas en las universidades estadounidenses. Citaremos aquí tres libros extremadamente bien documentados que resultan de fundamental importancia para la comprensión de los sucesos en cuestión: el trabajo de Hongsheng Jiang sobre la Comuna de Shangai; “The politics of the Chinese Cultural Revolution” de Hong Yung Lee, publicado por la University of California Press en 1978; y “Shangai Journal: an eyewitness accound of the Cultural Revolution” de Neale Hunter, publicado por Frederick A. Praeger en 1969.

Traducido de la versión en inglés del artículo realizada por David Broder.

El texto original en francés puede consultarse aquí

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