Archivos para el mes de: marzo, 2016

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“Se equivocan los críticos que que creen, al denunciar esa sociedad uniformadora, de masas, de consumo, del espectáculo, etc., estar criticando el objetivo actual de la política gubernamental. Critican algo que, sin dudas, ha estado en el horizonte explícito o implícito de las artes de gobernar de los años veinte a los años sesenta. Pero hemos superado esa etapa. Ya no estamos en ella.

El arte de gobernar programado por los neoliberales [austro-alemanes hacia mediados de siglo] y que hoy se ha convertido en la programación de la mayoría de los gobiernos en los países capitalistas, pues bien, esa programación no busca en absoluto la constitución de ese tipo de sociedad. Se trata, al contrario, de alcanzar una sociedad ajustada no a la mercancía y su uniformidad, sino a la multiplicidad y la diferenciación de las empresas.”


(Michel Foucault, El nacimiento de la biopolítica, cap. 6)
[citado por Pablo Hupert]

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Conviene empezar por una pregunta. Y la pregunta es “¿Dónde?”. ¿Dónde organizan las bandas sus recitales? ¿Dónde presentan sus libros los escritores? ¿Dónde proyectan los cineastas sus películas? ¿Dónde exponen fotógrafos y artistas plásticos sus obras? ¿Dónde se producen los cruces y las conversaciones imprevistas que germinan luego en nuevos proyectos?

 

El pensamiento sobre la producción cultural muchas veces subraya los agentes y las obras, el quién y el qué. Pero el entorno, el espacio, el dónde es una dimensión igualmente esencial en la constitución de la cultura como experiencia.

 

Así es como, por itinerarios diversos, se fueron constituyendo y diseminando espacios culturales en la ciudad, buscando que la cultura –no sólo como contenido sino también como lógica de producción y de organización- tuviese lugar. Buscando, en principio, una independencia respecto de los lugares que las lógicas estatales y mercantiles producen. Independencia que significa exactamente lo que el término indica: no carencia de relación (con el Estado y el mercado) sino ausencia de dependencia.

 

Sobre esa independencia fue posible un proceso de autogestión. Los espacios culturales, cada uno por su lado, comenzaron a generar sus actividades, sus estrategias de viabilidad, sus condiciones de reproducción, sus espacialidades y temporalidades específicas.

 

Pero el límite de esos procesos singulares y dispersos apareció bajo la forma de una figura común que podríamos denominar guerra municipal contra la cultura independiente: un Estado que sólo podía leer a la cultura bajo una lógica de dependencia: o cultura estatal, es decir, dependiente de la racionalidad del Estado; o cultura mercantil, es decir, dependiente de la maximización de la ganancia. Es así como el Estado municipal enfocó el abordaje de los espacios culturales independientes: como una entidad que sólo reconoce, como principio organizativo extraestatal, al mercado. Y, por lo tanto, en lugar de fortalecer, promover, estimular el desarrollo de los espacios culturales, el Estado planteó predominantemente a la regulación como forma de vínculo. Y con el plus de ejercerla bajo una rigidez tal que los espacios culturales comenzaron a sentir la asfixia, la obstaculización permanente de sus experiencias.

 

La constitución de Espacios Culturales Unidos de Rosario (ECUR), que agrupa -entre otros espacios- a Pichangú, Distrito Siete, El Espiral, Bonn Scott, La Chamuyera, Bienvenida Casandra, El Olimpo, La Trunca y La Peruta, puede pensarse entonces como un movimiento de la independencia a la autonomía, condicionado por una amenaza municipal a las mismas condiciones de existencia de este tipo de lógicas culturales. Para poder continuar independientes, resultó necesario unirse en función de un horizonte de autonomía, de construcción propositiva y dialógica de una normativa que los contemple.

 

¿Es posible que, más allá de la ciudad mercantil y de la ciudad estatal adquiera consistencia una ciudad cultural, donde el cálculo de rentabilidad económica o electoral no sean los criterios determinantes para el desarrollo de las experiencias culturales?

 

En su tránsito hacia la autonomía, los espacios culturales devienen también lugares políticos: focos desde los cuales emergen propuestas acerca de cómo vivir juntos. Y la figura que sintetiza esa construcción propositiva es la del club social y cultural. La inclusión de dicha figura en una norma permitiría que ésta fuese mucho más allá de una mera “Ordenanza de Espectáculos”, inscribiendo en la racionalidad estatal el reconocimiento de una esfera cultural autónoma: con su especificidad, sus condiciones, sus lógicas de funcionamiento y sus acuerdos de coexistencia con el resto de las formas de vida urbanas.

 

Y quizá esta difícil batalla no sea la única que el ECUR quiera y pueda emprender con éxito. El proceso de coordinación autónoma de los espacios culturales podría asumir también un modo de vinculación con el mercado que ponga en juego la potencia de la cooperación permitiendo, por ejemplo, lidiar con proveedores de forma conjunta, logrando de este modo una mayor capacidad de negociación que amplíe la brecha necesaria para que sea la misma lógica de la cultura la que organice la dinámica de los espacios culturales.

 

Franco Ingrassia

Rosario, Noviembre de 2014

[publicado originalmente en Anuario 2014. Registro de Acciones Artísticas.
Yo Soy Gilda Editora. Rosario. 2015]

 

Para seguir leyendo, pensando y participando:

 

>> Espacios Culturales: La politización de la cultura y la batalla por la noche (Santiago Fraga y Mariano Milone)

 

>> Rosario y la cultura que queremos (Celeste García)

 

>> Espacios Culturales Unidos de Rosario (página en Facebook)

 

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