Mi relación con Deleuze no puede describirse en términos de influencia. Deleuze, en efecto, no ha jugado ningún papel en la constitución de mis intereses, de mis maneras de sentir y de mi manera de problematizar objetos de reflexión. Durante mucho tiempo, le leí muy poco y no le comprendí en absoluto : comprender a un autor, para mí, quiere decir estar en disposición de hacer algo con lo que él dice, reapropiármelo y reinventarlo. No son conceptos lo que uno trata de reapropiarse. Digan lo que digan Deleuze y Foucault, los conceptos no son herramientas. Se supone que una herramienta puede servir idénticamente a cualquiera pero las herramientas de los filósofos no sirven realmente sino a ellos : la perfecta vacuidad de tantos escritos que « utilizan » las « herramientas » dejadas por Deleuze, Foucault, Althusser o Derrida nos instruye sobre esto todos los días. Los conceptos son más bien maneras de hacer una relación del terreno, de trazar las líneas entre tal y tal punto, de dibujar un territorio. Materializan por tanto antes que nada maneras mismas de « ir » a un terreno, de ligar el trabajo de las palabras sobre las palabras mismas al dibujo de ese « exterior » de ese otro de sí mismas que las palabras convocan. La manera de Foucault que penetra en el corazón de cierta división de la experiencia sensible a través del corte entre la biblioteca y el archivo, que alcanza los decorados, los ruidos y las heridas del mundo social a través de eso que los papeles amarillentos dejan percibir como sabor sensible y como potencia operativa de las palabras que describen, clasifican y ordenan, es una manera de hacer conceptos que puedo apropiarme. Corresponde a mi propia sensibilidad que privilegia el corte, la distancia, la atención a la configuración de un paisaje conceptual y vivido, el sentimiento de lo que las palabras sin espesor hacen a las cosas llamadas concretas. Sin embargo el caminar de Deleuze, su manera de operar una coalescencia entre las grandes palabras de la metafísica y los monstruos que pueblan los sueños, los mitos y los monstruos, de arrastranos en la potencia de la Vida, definen un imaginario metafísico en el que no puedo entrar. Finalmente, me acerqué a Deleuze por el apremio de otros : aquellos que, tras la muerte de Deleuze, pidieron a no-deleuzianos o a anti-deleuzianos que contribuyeran a evaluar su pensamiento – esto es, desde mi punto de vista, a abrirlo ; y los estudiantes que me pidieron que « dirigiera » tesis sobre un autor que ellos habían leído más que yo. A partir de ahí me vi obligado a entrar en diálogo con el pensamiento de Deleuze. Resumiré este diálogo así : Deleuze está para mí en el rango de los filósofos que han querido ampliar la filosofía, dar un papel constructivo a lo que se suele llamar sus objetos, hacer entrar y situar en su corazón su afuera mismo. Él define por tanto una referencia esencial para mi tentativa que es más bien, a la inversa, hacer salir la filosofía de sí misma, incluir sus trayectos, sus proposiciones, sus argumentos y sus descripciones en la topografía de un territorio ampliado de las invenciones del pensamiento en la que ellas encuentran frases de escritores, montajes de cineastas, pero también invenciones de lenguaje y de pensamiento por las que aquellos que no están contados como pensadores se prueban en su ejercicio. En el punto de encuentro de estas dos tentativas – cuya amplitud no es evidentemente comparable -, hay ciertos dominios y ciertas operaciones privilegiadas : especialmente las operaciones de alteración, de desfiguración, de indiferenciación que componen el dominio del arte y de la experiencia estética en el régimen estético del arte. Como lo decía más arriba, yo trato de describir esas operaciones en términos de invención, de creación de modos de visibilidad, de constitución de nuevas maneras de ser afectados, etc., mientras que Deleuze hace viajar esas operaciones entre el dominio de la etología y el de la metafísica. Describir la doble lógica narrativa de Proust, la « fábula contrariada » de las películas de Hitchcock o las operaciones de la visibilidad de la pintura de género en el siglo XIX, es entonces para mí confrontar esos análisis de esas operaciones a los de los devenires y las metamorfosis de Deleuze. Deleuze es así para mí una referencia esencial no porque me proveería de herramientas a utilizar, sino porque me permite comprender lo que yo hago con los mismos “objetos” que él, qué mundo construyo para ellos: no el de la manifestación de la potencia excedente de la vida sino el de la verificación de la igualdad de las inteligencias.

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