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Son canciones frágiles y entrañables. Compuestas en esa zona de la experiencia vital en la que el presente se pliega con el pasado. Canciones hechas de reminiscencias y añoranzas. Porque así como se puede “sufrir de reminiscencias” es posible también encontrar gozosamente en el recuerdo la marca de lo que somos, de lo que estamos dejando de ser, de aquello en lo que nos estamos convirtiendo. Y encontrar algo más en ese devenir. En el río que corre. Todo lo que te gustó nunca va a regresar. Todo lo que te flasheó ya no va a ser igual. Pero quedan huellas, que la memoria recompone. Como cuando hablamos de “lo infantil”. Señal de que ya no habitamos la infancia. Pero hay retornos. Hay muchas claves en estas canciones de esos retornos para los que nacimos entre mediados de los setenta y mediados de los ochenta. Permitir que la nave sea capturada, para recuperarla luego y así duplicar el poder de fuego. Encontrar un amigo con el que luchar juntos. Aunque en el momento final el amor nos separe otra vez. Sentir la desolación, el modo en el que una forma singular forma de mostrar la vida en la ciudad se cuela inesperadamente en la fábrica industrial de las imágenes en movimiento. Decía que son canciones de retorno. Compuestas como se componen los recuerdos. De hechos menores, cotidianos. Pero que por razones contingentes, y muchas veces ilegibles, dejan las persistencias con las que se traman los sentidos.

franco ingrassia
23.10.15

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