“Las prácticas intelectuales constituyen el bastidor de la política. Porque no es que primero existan intelectuales ni grupos intelectuales, sino que hay ciertos problemas de la política y del conocimiento que al ser identificados, reclaman un tratamiento que inevitablemente exige de la vida intelectual común. Quienes los tratan con esa conciencia son “intelectuales”, no de un modo inmutable y para siempre, ni porque hayan leído a Lukács, a Gramsci o a Carlos Astrada, sino que lo son ante la exigencia de tratar dentro de cierto nivel de conceptualización los nudos de la historia que nos interesan.

(…)

De este modo, no se trata de que hay intelectuales –aisladamente los hay– sino de que todo problema histórico político consistente reclama un tratamiento que no puede dejar de pasar por la cuestión intelectual. Esto es, no puede dejar de ser problematizado y discutido sino se recurre a la historia del problema, a los modos en que apareció en coyunturas similares, a las formulaciones que recibió en ocasiones homólogas, a los supuestos cognoscitivos que visible o invisiblemente lo sustentaron o refutaron. Hay una historia de los problemas, ciertas encrucijadas políticas, económicas o de la existencia social colectiva, que en su trasfondo íntimo tienen la naturaleza de ser parte de una configuración teórica que es recurrente y permanece encubierta. No es necesario que ante ella se haga presente el clásico intelectual “develador de enmascaramientos” sino que cualquier espíritu avizor puede desentrañar las armazones enmascaradas de lo real detrás de lo real. En verdad, vivimos una situación donde el interés por la política se expresa en una división entre los más o los menos predispuestos a despejar las superficies litúrgicas visibles, respecto de los tejidos históricos de fondo, aparentemente inescrutables.”

horacio gonzález
la cuestión intelectual

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