rosario blefari 1996

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Rosario Bléfari nos recuerda las habitaciones de su infancia: cuartos de servicio diminutos, sin ventanas ni intimidad, envueltos en los pasos incesantes de sus padres para atender a “los señores”. Y reflexiona sobre el lugar del “personal doméstico” en la sociedad contemporánea.

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Existen habitaciones diminutas adonde apenas entra algo mas que una cama, rara vez hay una ventana decente y el baño consiste en un inodoro con una ducha inexplicablemente encimada. Son las denominadas “dependencias de servicio’.’ Sin aludir a los destinatarios de estos espacios -los empleados domésticos-ni a sus patrones, el arquitecto Louis I. Kahn, a mediados del siglo XX, propuso distinguir espacios servidos de espacios servidores. Los primeros constituyen el motivo por el que se construye y los segundos son aquellos cuya función en la estructura de una edificación es la de servir y complementar la actividad funcional de los espacios servidos.

Si comparamos la planta de una vivienda y sus dependencias de servicio con la planta de un teatro, podríamos ver la vida de los dueños de casa como la escena que se representa en un escenario, y al resto de las instalaciones y habitantes trabajando para que esa representación sea impecable, tarea que consiste básicamente en evitar cualquier atisbo de decadencia. La escena, así estará suspendida en una especie de “estado cero’,’ en un tiempo neutro de muebles sin polvo, de camas lisas de cubiertos y copas brillando en la intimidad de un aparador. Apenas las cosas se usan o se ajan se las devuelve al estado anterior: la cama siempre hecha, la vajilla siempre reluciente, ios almohadones siempre inflados La parte expuesta de la casa es la escenografía de una vida que ocurre entre esos momentos neutros, una vida que prácticamente se reduce al paréntesis que interrumpe la inmovilidad de una escena inmaculada. ¿De dónde viene ese anhelo de incorporeidad, ese empeño en lograr un “Nadie ha pasado por aquí”? ¿Por qué pareciera que las personas quieren borrar las huellas que imprimen en las cosas y las que las cosas imprimen en ellos tanto como sea posible?

Se sabe que los restos de un festín, como cáscaras vacías del placer, son disparadores de un arrepentimiento recóndito (¿qué hice?), pero sin ir tan lejos una simple taza o copa sucia alcanzan para señalar que “todo concluye al fin” Y entonces empieza un desfile: ios manteles manchados, las migas desparramadas en el suelo, las toallas mojadas, las camas deshechas, las sábanas usadas, la ropa sucia o simplemente la que está sobre una silla, los diarios viejos, las colillas de los cigarrillos, el polvo en la superficie de los muebles, Ia eterna pelusa debajo, la grasitud y los pelos en el baño, en definitiva: los restos que se depositan alrededor nuestro como prueba del desgaste innegable, del uso y el deshecho de las cosas y de los cuerpos. Esas pruebas necesitan ser erradicadas o al menos quitadas inmediatamente de la vista hasta que se puedan lavar, limpiar, planchar o alejarse definitiva y olorosamente en un camión de basura, simplemente porque se trata de un material obsceno que hace eco en ¡a idea de la muerte. Por supuesto, todo lo que se utiliza para realizar la operación eliminatoria -artículos de limpieza, electrodomésticos- también debe mantenerse fuera de la vista. Ahora bien, las personas que se encargan de ello -y el tema de los nombres abriría otro capítulo revelador- tienen que estar todo el día en la casa porque es una lucha permanente y por lo tanto se vive en el trabajo. Pero, ¿dónde? por supuesto fuera de la vista, en la zona interna de la casa, tras bambalinas. Así es como se llega a una vivienda adentro de otra, en contacto directo con todo lo que no se quiere ver: ropa sucia o mojada, alimentos en distintos estados, elementos de limpieza etc..

Corría el año 1940 y mi madre cumplía 11 años. Consiguió entonces su primer trabajo en la casa de los dueños de la mejor panadería del pueblo. Era un matrimonio de españoles con un hijo de siete años. Mi madre niña entró en la casa y la señora le explicó lo que tenía que hacer. Empezó por el dormitorio principal: abrió las ventanas para ventilarlo, retiró la ropa de cama, dobló el colchón de lana y lo apaleó de ambos lados con una paleta de mimbre. Después lustró los espaldares de bronce hasta dejarlos relucientes, barrió el piso con un escobillón y le dio lustre con un cepillo pesado. Repasó los muebles y el espejo de cuerpo entero. Hizo la cama con sábanas limpias y la cubrió con su hermosa colcha. Luego hizo lo mismo con los otros dormitorios, que eran tres. Después limpió los baños. Siguió con el comedor principal, el living, el comedorcito diario y por último con la cocina, que funcionaba a leña y tenía una plancha que se limpiaba con una piedra de afilar usada y cenizas de volcán.

Cuando mi madre llega con diecisiete años a Buenos Aires, sus hermanastras mayores, que ya vivían y trabajaban en la Capital, le habían conseguido ubicación en una casa muy antigua, de estilo colonial. El trato era conveniente pero la aterrorizó el lugar donde debía vivir: era un cuarto ínfimo con un techo muy alto, sin ventanas y con un baño diminuto. Las paredes del cuarto estaban descascaradas y con mucha humedad debido al planchado de sábanas y mantelería. Todo se planchaba muy húmedo porque antes era sumergido en almidón cocido que se utilizaba como apresto, y los continuos e intensos vapores arruinaban la pintura y mantenían el ambiente caldeado y neblinoso. Por estas razones dejó la casa y, después de algunos intentos fallidos, consiguió empleo con una mujer que necesitaba cocinera y mucama. Mi madre no sabía cocinar pero la dueña de casa percibió en ella una gran voluntad y le dijo que si se quedaba le enseñaría. Cuando vio la habitación de servicio mi madre decidió quedarse: tenía una ventana grande por la que entraba el sol, un baño con bañadera y un pasillo independiente. Las opciones para una joven como ella no eran mucho más que dos: sirvienta, como se decía entonces, u operaria en una fábrica viviendo en una pensión con otras mujeres en el mismo cuarto.

Viví en distintos tipo de dependencias de servicio junto a mis padres. Conocí la parte de personal del hotel Llao-LLao en Bariloche, en el sótano, en el mismo nivel que el lavadero, la gambuza y la cocina. Las habitaciones tenían ventanas altas que daban al suelo del parque del hotel y el baño era compartido, uno para mujeres y otro para hombres con duchas sin divisiones. Luego viví en una residencia antigua de la misma ciudad que tenía un altillo dedicado al personal, con tres habitaciones una de las cuales tenía baño privado. Todas eran muy amplias, con ventanas pequeñas pero con una vista privilegiada al lago y al bosque. Los baños eran cómodos, con bañadera y agua caliente. También había un espacio común, grande, luminoso y aireado. La única desventaja era subir dos pisos altos por una empinada y angosta escalera de madera y la convivencia con los murciélagos ya que los tejados estaban habitados por cientos de ellos. También viví en la casa de los caseros de la misma residencia. Era una casa encantadora de cinco ambientes y dos baños, cocina a leña y una salamandra en el comedor, en un primer piso. La madera de los pisos y la fortaleza de la construcción de troncos y piedras por afuera, ayudaban a provocar un fuerte sentimiento de cobijo, de protección duradera. En la planta baja había un garaje doble que llamábamos el galpón donde se guardaba la leña y dormían mis dos perros. También el hecho de estar a unos cuantos metros de la casa principal nos daba más independencia y podíamos construir nuestra intimidad familiar, nuestra propia escena, y protagonizar así nuestra vida aunque siguiéramos viviendo en el trabajo.

De ahí nos mudamos a Buenos Aires, a un departamento recién terminado, sobre la Avenida Libertador frente al Rosedal. Tenía tres pisos. Las habitaciones de servicio eran dos, una para mí y otra para mis padres. Las ventanas daban a una especie de plazoleta privada sobre Libertador donde coincidían las entradas de los tres edificios. Las habitaciones principales también tenían ventanas que daban a este patio, pero las de servicio tenían a modo de anteojeras unas bandas de metal verticales que orientaban la visión hacia la avenida e impedían mirar hacia la izquierda, donde estaban los ventanales principales de la torre del medio. Es evidente que el fin de estas rejas era proteger la privacidad de los dueños de los departamentos de al lado y evitarles la visión de las habitaciones de servicio y sus ocupantes, algo sobre lo que no se podía tener control. Recién a los 19 años viví en una casa que, aunque no era propia, me permitió entre otras cosas, comer por fin tranquila sin esa sensación de estar siempre al borde de un sobresalto provocado por la entrada repentina de los patrones en la cocina; lo que también sucedía cuando miraba televisión o hacía los deberes en el lavadero al escuchar su llamado desde la frontera entre nuestras habitaciones y las de ellos. Al salir de aquella vida también empecé a ser consciente de que había crecido en un ambiente insólito, donde muchas cosas que consideraba normales no lo eran tanto -como lo de llamar “el señor” al patrón tanto en su presencia como en su ausencia, donde la tensión se ajustaba y se aflojaba según sus entradas y salidas-“está” o “no está”-, y muchas cosas más donde se puede rastrear la estela del señor feudal, mejor o peor llevada.

Es peculiar ese espacio social en el que se accede a algunos de los privilegios de la clase a la que no se pertenece sólo por vivir bajo el mismo techo como, por ejemplo, una alimentación privilegiada -lo que advertía claramente al ir a las casas de mis compañeros de escuela- o el uso de la última tecnología en aparatos domésticos. En mi casa -yo la llamaba mi casa, ¿cómo si no?- se usaba horno a microondas, lavavajillas, teléfono inalámbrico, video casetera, a fines del setenta. Cuando alguien me acompañaba hasta la puerta, tenía siempre que aclarar que aunque vivía ahí, no era mi casa. Yo entraba por la puerta de servicio, subía por el ascensor de servicio, atravesaba la cocina y llegaba a mí habitación con vista “orientada” que era adonde realmente vivía. Allí tenía una pequeña biblioteca hecha con estantes, el “señor” la había mandado a poner junto con un escritorio antes que llegáramos de Bariloche porque sabía que me gustaba leer y escribir. En esos estantes fui acomodando mis primeros libros y leyéndolos pasé la adolescencia desvelada. También en esa habitación tocaba mi primera guitarra eléctrica y escuchaba en la radio El Tren Fantasma, un programa histórico de rock nacional mientras mis padres subían y bajaban las escaleras del departamento atendiendo las necesidades interminables de “los señores,’ sin chance de horarios de descanso claros, sin intimidad. El patrón era tal vez uno de los más buenos que nos podrían haber tocado, era generoso y respetuoso y siempre les pedía a mis padres que se tomaran tiempos de descanso, pero eso era imposible porque las tareas no lo permitían nunca, siempre había cenas o almuerzos para muchas personas, más la atención permanente de toda la casa: ventanales, alfombras, plantas, un vestuario de cientos de prendas y zapatos delicados, comidas, cubiertos de plata, copas de cristal -jamás se pudo usar el lavavajillas-, cosas que se limpiaban y se ensuciaban, se cocinaban y se comían y esto no tenía fin.

Al crecer y salir de esa vida, me fui dando cuenta que ni una sola persona de las que conozco, y conozco gente de muy distintos estratos socioculturales, comparte conmigo esta experiencia. Expongo una parte aquí porque sospecho un significado profundo de las dependencias de servicio como un espacio dentro de la sociedad que evidencia antiguas conductas no superadas más que en apariencias. Sólo se ha sofisticado, levemente, la forma de ejercerlas.

[publicado en la revista Plan V Nº3. Julio 2006]
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