Archivos para el mes de: noviembre, 2014

percia - sujeto fabulado I“Lleva a su hija de pocos meses para que la vea la pediatra de la salita. Le parece que come poco. La médica busca la ficha de la consulta anterior, hace preguntas, revisa a la nena, la pesa, concluye que está creciendo bien. En ese momento, se da cuenta de que la mujer está llorando. La pediatra le dice que no llore, que su hija está sana, pero la mujer llora desconsolada. Al rato, llorando dice (casi sin poder hablar) que el hombre que vive con ella le pega.

La mujer no va esa mañana hasta la salita con la intención de hablar, pero de pronto ocurre que está llorando. Un llorar que se suelta de la voluntad. Un llorar imprevisto que no anticipa causa o motivo. Un llanto que llora, incluso, sin mujer. Un estar llorando que se encuentra con preguntas: ¿qué le pasa?, ¿por qué llora?

Así como un llorar lloraba, tras la pregunta, la voz se encuentra diciendo algo que no sabía que iba a decirse: el hombre con el que vive la golpea. Palabras que salen de la boca, quizás, sin alguien que las esté diciendo. O se pronuncian sin alguien que las esté escuchando.

Un llorar sin mujer, un hablar sin hablante, ¿un decir sin nadie que lo escuche?

La pediatra hace dos recetas, en una escribe: Su beba Alejandra está creciendo bien. Nos volvemos a ver en un mes; en la otra: María, quiero que sepa que pude escuchar lo que le está pasando.

Estampa debajo de cada una su sello y su firma. Antes de que la madre se retire con su hija, pide a María que las lea en voz alta, para asegurar que se entienda la letra.”

Marcelo Percia. sujeto fabulado I. notas.

La Cebra Ediciones. Buenos Aires. 2014

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rosario blefari 1996

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Rosario Bléfari nos recuerda las habitaciones de su infancia: cuartos de servicio diminutos, sin ventanas ni intimidad, envueltos en los pasos incesantes de sus padres para atender a “los señores”. Y reflexiona sobre el lugar del “personal doméstico” en la sociedad contemporánea.

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Existen habitaciones diminutas adonde apenas entra algo mas que una cama, rara vez hay una ventana decente y el baño consiste en un inodoro con una ducha inexplicablemente encimada. Son las denominadas “dependencias de servicio’.’ Sin aludir a los destinatarios de estos espacios -los empleados domésticos-ni a sus patrones, el arquitecto Louis I. Kahn, a mediados del siglo XX, propuso distinguir espacios servidos de espacios servidores. Los primeros constituyen el motivo por el que se construye y los segundos son aquellos cuya función en la estructura de una edificación es la de servir y complementar la actividad funcional de los espacios servidos.

Si comparamos la planta de una vivienda y sus dependencias de servicio con la planta de un teatro, podríamos ver la vida de los dueños de casa como la escena que se representa en un escenario, y al resto de las instalaciones y habitantes trabajando para que esa representación sea impecable, tarea que consiste básicamente en evitar cualquier atisbo de decadencia. La escena, así estará suspendida en una especie de “estado cero’,’ en un tiempo neutro de muebles sin polvo, de camas lisas de cubiertos y copas brillando en la intimidad de un aparador. Apenas las cosas se usan o se ajan se las devuelve al estado anterior: la cama siempre hecha, la vajilla siempre reluciente, ios almohadones siempre inflados La parte expuesta de la casa es la escenografía de una vida que ocurre entre esos momentos neutros, una vida que prácticamente se reduce al paréntesis que interrumpe la inmovilidad de una escena inmaculada. ¿De dónde viene ese anhelo de incorporeidad, ese empeño en lograr un “Nadie ha pasado por aquí”? ¿Por qué pareciera que las personas quieren borrar las huellas que imprimen en las cosas y las que las cosas imprimen en ellos tanto como sea posible?

Se sabe que los restos de un festín, como cáscaras vacías del placer, son disparadores de un arrepentimiento recóndito (¿qué hice?), pero sin ir tan lejos una simple taza o copa sucia alcanzan para señalar que “todo concluye al fin” Y entonces empieza un desfile: ios manteles manchados, las migas desparramadas en el suelo, las toallas mojadas, las camas deshechas, las sábanas usadas, la ropa sucia o simplemente la que está sobre una silla, los diarios viejos, las colillas de los cigarrillos, el polvo en la superficie de los muebles, Ia eterna pelusa debajo, la grasitud y los pelos en el baño, en definitiva: los restos que se depositan alrededor nuestro como prueba del desgaste innegable, del uso y el deshecho de las cosas y de los cuerpos. Esas pruebas necesitan ser erradicadas o al menos quitadas inmediatamente de la vista hasta que se puedan lavar, limpiar, planchar o alejarse definitiva y olorosamente en un camión de basura, simplemente porque se trata de un material obsceno que hace eco en ¡a idea de la muerte. Por supuesto, todo lo que se utiliza para realizar la operación eliminatoria -artículos de limpieza, electrodomésticos- también debe mantenerse fuera de la vista. Ahora bien, las personas que se encargan de ello -y el tema de los nombres abriría otro capítulo revelador- tienen que estar todo el día en la casa porque es una lucha permanente y por lo tanto se vive en el trabajo. Pero, ¿dónde? por supuesto fuera de la vista, en la zona interna de la casa, tras bambalinas. Así es como se llega a una vivienda adentro de otra, en contacto directo con todo lo que no se quiere ver: ropa sucia o mojada, alimentos en distintos estados, elementos de limpieza etc..

Corría el año 1940 y mi madre cumplía 11 años. Consiguió entonces su primer trabajo en la casa de los dueños de la mejor panadería del pueblo. Era un matrimonio de españoles con un hijo de siete años. Mi madre niña entró en la casa y la señora le explicó lo que tenía que hacer. Empezó por el dormitorio principal: abrió las ventanas para ventilarlo, retiró la ropa de cama, dobló el colchón de lana y lo apaleó de ambos lados con una paleta de mimbre. Después lustró los espaldares de bronce hasta dejarlos relucientes, barrió el piso con un escobillón y le dio lustre con un cepillo pesado. Repasó los muebles y el espejo de cuerpo entero. Hizo la cama con sábanas limpias y la cubrió con su hermosa colcha. Luego hizo lo mismo con los otros dormitorios, que eran tres. Después limpió los baños. Siguió con el comedor principal, el living, el comedorcito diario y por último con la cocina, que funcionaba a leña y tenía una plancha que se limpiaba con una piedra de afilar usada y cenizas de volcán.

Cuando mi madre llega con diecisiete años a Buenos Aires, sus hermanastras mayores, que ya vivían y trabajaban en la Capital, le habían conseguido ubicación en una casa muy antigua, de estilo colonial. El trato era conveniente pero la aterrorizó el lugar donde debía vivir: era un cuarto ínfimo con un techo muy alto, sin ventanas y con un baño diminuto. Las paredes del cuarto estaban descascaradas y con mucha humedad debido al planchado de sábanas y mantelería. Todo se planchaba muy húmedo porque antes era sumergido en almidón cocido que se utilizaba como apresto, y los continuos e intensos vapores arruinaban la pintura y mantenían el ambiente caldeado y neblinoso. Por estas razones dejó la casa y, después de algunos intentos fallidos, consiguió empleo con una mujer que necesitaba cocinera y mucama. Mi madre no sabía cocinar pero la dueña de casa percibió en ella una gran voluntad y le dijo que si se quedaba le enseñaría. Cuando vio la habitación de servicio mi madre decidió quedarse: tenía una ventana grande por la que entraba el sol, un baño con bañadera y un pasillo independiente. Las opciones para una joven como ella no eran mucho más que dos: sirvienta, como se decía entonces, u operaria en una fábrica viviendo en una pensión con otras mujeres en el mismo cuarto.

Viví en distintos tipo de dependencias de servicio junto a mis padres. Conocí la parte de personal del hotel Llao-LLao en Bariloche, en el sótano, en el mismo nivel que el lavadero, la gambuza y la cocina. Las habitaciones tenían ventanas altas que daban al suelo del parque del hotel y el baño era compartido, uno para mujeres y otro para hombres con duchas sin divisiones. Luego viví en una residencia antigua de la misma ciudad que tenía un altillo dedicado al personal, con tres habitaciones una de las cuales tenía baño privado. Todas eran muy amplias, con ventanas pequeñas pero con una vista privilegiada al lago y al bosque. Los baños eran cómodos, con bañadera y agua caliente. También había un espacio común, grande, luminoso y aireado. La única desventaja era subir dos pisos altos por una empinada y angosta escalera de madera y la convivencia con los murciélagos ya que los tejados estaban habitados por cientos de ellos. También viví en la casa de los caseros de la misma residencia. Era una casa encantadora de cinco ambientes y dos baños, cocina a leña y una salamandra en el comedor, en un primer piso. La madera de los pisos y la fortaleza de la construcción de troncos y piedras por afuera, ayudaban a provocar un fuerte sentimiento de cobijo, de protección duradera. En la planta baja había un garaje doble que llamábamos el galpón donde se guardaba la leña y dormían mis dos perros. También el hecho de estar a unos cuantos metros de la casa principal nos daba más independencia y podíamos construir nuestra intimidad familiar, nuestra propia escena, y protagonizar así nuestra vida aunque siguiéramos viviendo en el trabajo.

De ahí nos mudamos a Buenos Aires, a un departamento recién terminado, sobre la Avenida Libertador frente al Rosedal. Tenía tres pisos. Las habitaciones de servicio eran dos, una para mí y otra para mis padres. Las ventanas daban a una especie de plazoleta privada sobre Libertador donde coincidían las entradas de los tres edificios. Las habitaciones principales también tenían ventanas que daban a este patio, pero las de servicio tenían a modo de anteojeras unas bandas de metal verticales que orientaban la visión hacia la avenida e impedían mirar hacia la izquierda, donde estaban los ventanales principales de la torre del medio. Es evidente que el fin de estas rejas era proteger la privacidad de los dueños de los departamentos de al lado y evitarles la visión de las habitaciones de servicio y sus ocupantes, algo sobre lo que no se podía tener control. Recién a los 19 años viví en una casa que, aunque no era propia, me permitió entre otras cosas, comer por fin tranquila sin esa sensación de estar siempre al borde de un sobresalto provocado por la entrada repentina de los patrones en la cocina; lo que también sucedía cuando miraba televisión o hacía los deberes en el lavadero al escuchar su llamado desde la frontera entre nuestras habitaciones y las de ellos. Al salir de aquella vida también empecé a ser consciente de que había crecido en un ambiente insólito, donde muchas cosas que consideraba normales no lo eran tanto -como lo de llamar “el señor” al patrón tanto en su presencia como en su ausencia, donde la tensión se ajustaba y se aflojaba según sus entradas y salidas-“está” o “no está”-, y muchas cosas más donde se puede rastrear la estela del señor feudal, mejor o peor llevada.

Es peculiar ese espacio social en el que se accede a algunos de los privilegios de la clase a la que no se pertenece sólo por vivir bajo el mismo techo como, por ejemplo, una alimentación privilegiada -lo que advertía claramente al ir a las casas de mis compañeros de escuela- o el uso de la última tecnología en aparatos domésticos. En mi casa -yo la llamaba mi casa, ¿cómo si no?- se usaba horno a microondas, lavavajillas, teléfono inalámbrico, video casetera, a fines del setenta. Cuando alguien me acompañaba hasta la puerta, tenía siempre que aclarar que aunque vivía ahí, no era mi casa. Yo entraba por la puerta de servicio, subía por el ascensor de servicio, atravesaba la cocina y llegaba a mí habitación con vista “orientada” que era adonde realmente vivía. Allí tenía una pequeña biblioteca hecha con estantes, el “señor” la había mandado a poner junto con un escritorio antes que llegáramos de Bariloche porque sabía que me gustaba leer y escribir. En esos estantes fui acomodando mis primeros libros y leyéndolos pasé la adolescencia desvelada. También en esa habitación tocaba mi primera guitarra eléctrica y escuchaba en la radio El Tren Fantasma, un programa histórico de rock nacional mientras mis padres subían y bajaban las escaleras del departamento atendiendo las necesidades interminables de “los señores,’ sin chance de horarios de descanso claros, sin intimidad. El patrón era tal vez uno de los más buenos que nos podrían haber tocado, era generoso y respetuoso y siempre les pedía a mis padres que se tomaran tiempos de descanso, pero eso era imposible porque las tareas no lo permitían nunca, siempre había cenas o almuerzos para muchas personas, más la atención permanente de toda la casa: ventanales, alfombras, plantas, un vestuario de cientos de prendas y zapatos delicados, comidas, cubiertos de plata, copas de cristal -jamás se pudo usar el lavavajillas-, cosas que se limpiaban y se ensuciaban, se cocinaban y se comían y esto no tenía fin.

Al crecer y salir de esa vida, me fui dando cuenta que ni una sola persona de las que conozco, y conozco gente de muy distintos estratos socioculturales, comparte conmigo esta experiencia. Expongo una parte aquí porque sospecho un significado profundo de las dependencias de servicio como un espacio dentro de la sociedad que evidencia antiguas conductas no superadas más que en apariencias. Sólo se ha sofisticado, levemente, la forma de ejercerlas.

[publicado en la revista Plan V Nº3. Julio 2006]

es lunes por la noche

vuelvo a mi casa
con los límites y logros
de la jornada de trabajo
traducidos homogéneamente
en el cuerpo como cansancio

en un auto estacionado
veo de espaldas
a dos hombres jóvenes
inmóviles
mirando algo
en un blackberry

al acercarme
comienzo a ver
que tienen máscaras:
uno la de jason, el de viernes 13
el otro la de un demonio de algún tipo

mientras me alejo
de la inconcebible escena
pienso en que nunca podré reconstruir
la cadena de sucesos
que la preceden

sólo tuve acceso a ese fragmento,
un pequeño recordatorio:

de la labilidad de los mundos
cotidianos, razonables, habituales
en los que vivimos

de que a cada paso es posible
para el que no busca
encontrar una grieta

una pista que utiliza al silencio como elemento compositivo central. los materiales sonoros empleados como materia prima provienen de grabaciones realizadas en el espacio exterior por las sondas espaciales Voyager I y II.


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imagen: ‘This photograph is my proof’ (Duane Michals, 1974)

20408

En el marco de un debate con Marcel Gauchet sobre “Comunismo y democracia” hice referencia a ciertas características de la Revolución Cultural China en función de un argumento complejo. Esto resultó suficiente para que Laurent Joffrin abandonara la tarea que sin duda ocupa la mayor parte de su tiempo –el gradual despido de casi un centenar de empleados del periódico Libération– para emitir su veredicto: Badiou es sólo un dinosaurio congelado.

El método de Joffrin para mostrar mi congelamiento es simple y expeditivo: la expresión “Revolución Cultural”, en sí misma, provoca en él la eyaculación numérica de ‘setecientos mil muertos”, junto con horrorosos –y verdaderos- detalles vinculados con el abuso de un reconocido intelectual en manos de los Guardias Rojos.

Tal vez Joffrin no haya dedicado suficiente tiempo a reflexionar acerca de la formulación que utilicé en el texto supuestamente culpable, dado que la contabilización de la cantidad de muertos no representa nada en términos de análisis político. Imaginemos que en medio de un debate político acerca de la democracia alguien presentara argumentos que guardasen relación con episodios importantes de la Revolución Francesa. ¿Debemos suponer que Joffrin interrumpiría la conversación diciendo “¿Revolución Francesa? ¿Hablás en serio? ¡200.000 muertos y la salvaje decapitación del gran poeta André Chernier!”? No, él no haría tal cosa porque conoce mínimamente la Revolución Francesa y su rol fundamental en el desarrollo de las democracias modernas. De modo que el punto es que no sabe nada, y no quiere saber nada, sobre la Revolución Cultural y su rol no menos fundamental en el desarrollo del comunismo moderno. Ni siquiera sabe quién mató a quién, en qué contexto, por qué razón. La cuestión del comunismo político es mucho más moderna que la cuestión de la democracia liberal, que fue agotada en sus orígenes de la década del 40 del siglo XIX (1), y las lecciones de la Revolución Cultural, incluyendo las lecciones de su fracaso, son mucho más apropiadas para abordar los problemas contemporáneos –el desquicio del capitalismo, las desigualdades retornando a los niveles previos a la Primera Guerra Mundial, el embrutecedor desarrollo de la división del trabajo, el desmantelamiento y la privatización de todo aquello destinado a servir al interés general, sin olvidar el impactante empantanamiento de la creatividad política- que las lecciones de la Revolución Francesa podrían llegar a ser. En este aspecto, Joffrin es ciertamente más anacrónico y anticuado que yo.

Esta es la razón por la cual no puede hacer más que vociferar los números que tanto aprecia, blandir el eslogan de ‘locura totalitaria’ y asegurarse de que sus lectores permanezcan atrapados en la oscura penumbra de la ignorancia.

Muy bien, ya que estamos haciendo números… La guerra de 1914 –que fue entre Francia, Inglaterra y Alemania, ¿no es cierto?, poderes occidentales civilizados ya perfectamente asentados en la democracia moderna, con elecciones libres, parlamentos, sindicatos, partidos e incluso partidos socialdemócratas sustanciales, ¿no es cierto? Y prensa libre. En todo caso, con un poco más de libertad de la que Joffrin tiene respecto de sus formidables accionistas… Entonces, países sin ningún rasgo totalitario. Y, además, todo el mundo acuerda hoy en que se trató de una guerra inútil, peleada por absolutamente nada, excepto un derramamiento de sangre suicida del cual Europa no se ha todavía recuperado del todo. Entonces, ¿podría Joffrin atribuirle algún significado político profundo a la guerra de 1914? No lo creo.

Muy bien, sólo en Francia esta guerra produjo cerca de un millón cuatrocientas mil muertes, una colosal masa de jóvenes arrojados al barro y al fuego, durante cuatro años de infierno, tratados como carne de cañón, muriendo con sus cuerpos desmembrados, desgarrados entre necias ofensivas y retiradas caóticas. La guerra de 1914 (y Occidente también tuvo la Segunda Guerra Mundial, además de incontables y brutales expediciones coloniales, continuadas hoy aquí y allá con las expediciones de tropas, aviones y drones; asesinatos indiscriminados y destrucción de Estados, sin que la justicia o la igualdad tengan la más mínima importancia) causó, sólo en Francia  y en cuatro años, el doble de las muertes que sufrió China en sus diez años de Revolución Cultural, incluso acordando con los cálculos de Joffrin. China, cuya población es veinte veces mayor a la de Francia. Si (¡hagamos números! ¡hagamos números!) la Revolución Cultural hubiese alcanzado el desastre experimentado únicamente por Francia en la guerra de 1914 –un conflicto protagonizado por las democracias ejemplares que eran los poderes occidentales- entonces deberían haber muerto ¡28 millones de personas! Acordemos entonces en que, en la mórbida historia de la humanidad, todos los Estados –sin diferenciar, al respecto, si son calificables como democráticos o ‘totalitarios’- tienen sangre hasta las orejas. Pero reconozcamos también que la muy-democrática-y-para-nada-totalitaria Primera Guerra Mundial representó una orgía de muerte sin paralelo con la devastación humana resultante de la Revolución Cultural. Y, para proporcionar un apunte de orden más subjetivo, recordaré que durante mi juventud cuando, ante la contemplación de las guerras coloniales, comencé a comprometerme en los rigores de la política, las comisarías de París eran sitios donde tenía lugar la tortura más despiadada. El gobierno libremente elegido de esa época estaba incluso presidido por un socialista. ¿No es hora de que Joffrin comience a hablarnos de la ‘locura democrática’?

Llegados a este punto, dejemos las cifras por un momento de lado y recordemos que la guerra de 1914 no tuvo ningún sentido racional, no le aportó nada –realmente, nada- a los pueblos concernidos por ella y no realizó la más mínima contribución al pensamiento político. Yo, por mi parte, soy capaz –como puede serlo cualquier persona deseosa de informarse a sí misma- de atribuirle una profunda significación a la Revolución Cultural. Sé que los obreros y estudiantes que se sumergieron en ella no eran para nada como los hombres movilizados en 1914. No se trataba de presas del Estado, enviadas a morir en las trincheras. No: ellos inventaron nuevas formas de intervención política, una nueva vida militante. De acuerdo con la fórmula de Mao, ellos se “involucraron libremente en los asuntos del Estado”. Conozco las consignas más importantes que estos militantes sostuvieron. Sé que se trató de comprender si resultaba posible superar la inercia burocrática y terrorista del Partido-Estado y de qué manera, en la senda de las verdaderas innovaciones comunistas, realizarlo; si resultaba posible desarrollar formas de colectivización distintas a la estatización y de qué manera realizarlo; si resultaba posible inventar soluciones para superar las grandes contradicciones entre la ciudad y el campo, el trabajo manual y el intelectual, la agricultura y la industria, los ingenieros y los obreros, y de qué manera realizarlo; si las fábricas chinas podrían resultar radicalmente diferentes de las fábricas capitalistas, y de qué manera realizarlo; si resultaba posible implementar lo que Lenin consideraba la clave del desarrollo comunista de la revolución, mucho más allá de la simple toma del poder: lograr un verdadero control del Estado –que siempre tiende hacia el conservadurismo- por parte de organizaciones populares independientes, y de qué manera realizarlo. Tenemos los textos, la documentación hoy es accesible –incluyendo millones de periódicos, afiches, proclamas, decretos y conversaciones con funcionarios, así como los panfletos de miles de organizaciones militantes que brotaron en esos años. En síntesis, los testimonios de la más memorable movilización democrática que el mundo haya conocido, llegando al extremo de permitir a los organismos de masas  ingresar a los edificios públicos para examinar los registros contenidos en sus archivos.

Existen muchos libros (2) que tratan de esos gloriosos, nuevos y difíciles momentos, que también incluyeron por supuesto episodios de violencia (“La revolución no es una cena de gala”, como lo expresó Mao). Libros que se distancian tanto de la propaganda anticomunista occidental como de la propaganda de los aliados más importantes de la reacción contemporánea –es decir, los amos burgueses de la China de nuestros días. Éstos surgieron finalmente victoriosos del entrevero pagando el costo de una despiadada represión dirigida hacia los rebeldes maoístas, una represión responsable de la gran mayoría de las víctimas que Joffrin supone computar.

Lo que permite que el liberal antediluviano de Joffrin hable de la Revolución Cultural en términos de ‘locura totalitaria’ es meramente el hecho de que esta revolución, portadora del futuro sobre la base del cual deberán formularse los principios de la nueva secuencia comunista, fracasó al intentar realizar sus propias ambiciones. Sus enemigos inmediatos, las camarillas en el Partido lideradas por Deng Xiaoping, tomaron el poder, y se apresuraron a llevar a China por la ‘vía capitalista’ –intención que los revolucionarios habían previamente denunciado- con una brutalidad sin paralelismos. Pero, del mismo modo en que el sangriento fracaso de la Comuna de París constituyó el punto de partida para el desarrollo de la creatividad política de Lenin y la victoria de la Revolución de Octubre, el fracaso de la Revolución Cultural servirá, en definitiva, –luego de una cuidadosa consideración realizada mediante debates, textos, encuentros e iniciativas- para la restauración y el relanzamiento de la idea comunista. Sin esto, las sociedades que hoy de forma tan terriblemente pasiva se entregaron al completo retorno de la barbarie capitalista inevitablemente ingresarán en la oscura noche de las guerras sin fin.

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(1) Considerando el hecho de que los postulados de los liberales contemporáneos, o los social-liberales, o los neoliberales, o los social-demócratas o, más generalmente, los ‘modernos’ o ‘reformistas’ o ‘adaptados-a-las –extraordinarias-transformaciones-del-mundo-en-las-décadas recientes” no son más que débiles variaciones de la ideología del capitalismo establecida desde el siglo XIX, el cual susbsiste ne varietur, vale la pena leer la impactante documentación reunida por Domenico Losurdo en su “Contrahistoria del Liberalismo”. En este libro podemos ver quiénes eran realmente Locke, Frankiln, Smith y muchos otros, reservando un espacio honorífico (o tal vez debería decir ‘horrorífico’) especial para Tocqueville, ese ícono del ‘democratismo’ contemporáneo.

(2) Existen muchos estudios serios acerca de la Revolución Cultural –esto es, trabajos que no resultan libelos propagandísticos (cuyo prototipo casi definitorio lo constituyó el famoso “Las nuevas ropas del emperador” de Simon Leys, una brillante improvisación ideológica carente de cualquier relación con la realidad política), muchos de los cuales son obras académicas producidas en las universidades estadounidenses. Citaremos aquí tres libros extremadamente bien documentados que resultan de fundamental importancia para la comprensión de los sucesos en cuestión: el trabajo de Hongsheng Jiang sobre la Comuna de Shangai; “The politics of the Chinese Cultural Revolution” de Hong Yung Lee, publicado por la University of California Press en 1978; y “Shangai Journal: an eyewitness accound of the Cultural Revolution” de Neale Hunter, publicado por Frederick A. Praeger en 1969.

Traducido de la versión en inglés del artículo realizada por David Broder.

El texto original en francés puede consultarse aquí

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