alpinistaCuando los herreros y los campesinos hubieron conquistado el poder gracias a la ayuda de Mi-en-leh, no pudieron realizar inmediatamente todos sus planes. Su avance pareció paralizarse, y más de una vez se vieron obligados a retroceder algunos pasos. Ese espectáculo resultaba insoportable para muchos que lo contemplaban desde lejos. Cada vez que los herreros, conducidos por la Liga de los Desposeídos creada por Mi-en-leh, experimentaban un fracaso o –para evitarlo- postergaban un plan, los espectadores armaban un gran alboroto: los herreros traicionan sus principios y la Liga permite que todo quede como antes, decían. Esos espectadores concebían la transformación como un acto único, algo así como un salto sobre el abismo, que puede resultar bien o no, y si fracasa causa la muerte de quien saltó.

Mi-en-leh dijo:

Imaginemos a un hombre que quiere escalar una montaña muy alta, muy escarpada y todavía inexplorada. Supongamos que, tras de superar dificultades y peligros inauditos, logra ascender mucho más alto que cualquiera de sus predecesores, aunque sin alcanzar la cumbre. Se encuentra ahora en una situación en que no sólo es difícil y peligroso, sino simplemente imposible seguir avanzando en la dirección elegida. Se ve obligado a volverse y descender para hallar un nuevo camino que, aunque más tedioso quizás, le dará la oportunidad de alcanzar la cumbre. Pero el descenso desde esa altura hasta entonces nunca alcanzada en la que se encontraba nuestro hombre implica más peligros y dificultades que el ascenso. Es más fácil resbalar en el descenso, más difícil observar el lugar en el que se apoya el pie. En el descenso no reina ya la misma exaltación que cuando se ascendía y se avanzaba directamente hacia el objetivo. Es necesario atarse una cuerda en torno del cuerpo; se pierden horas cavando la roca con la piqueta para poder sujetar la cuerda. Hay que moverse a paso de tortuga y siempre hacia abajo, alejándose cada vez más del objetivo, sin divisarlo siquiera, si saber si al final del peligroso y torturante descenso espera otro camino pleno de esperanzas, por el  cual se podrá ascender nuevamente hacia la cumbre con mayor seguridad y rapidez sin dar rodeos.

¿No es natural que un hombre en esa situación tenga instantes de desaliento, pese a la enorme altura alcanzada? Y sin duda esos instantes serán más numerosos, más frecuentes y más difíciles de superar cuando, desde abajo, le lleguen las voces de quienes a segura distancia observan con un largavistas el peligroso descenso. Y ese peligroso descenso no puede llamarse “frenada”, porque una frenada supone un vehículo ya calculado, ya probado, un camino preparado previamente, un mecanismo sometido a experimentación. Y en este caso no hay vehículo ni camino, absolutamente nada, rigurosamente nada que haya sido objeto de un ensayo anterior.

Desde abajo llegan las voces complacidas por la desdicha ajena. Algunos expresan abiertamente esa complacencia gritando: ¡En cualquier momento se despeñará y lo tiene merecido! ¿Por qué ha sido tan loco? Los demás se esfuerzan por disimular su satisfacción según el ejemplo del traidor Kolovlev. Levantan los ojos al cielo con aire consternado y se lamentan: Desgraciadamente nuestros temores estaban justificados. ¿Acaso no hemos dedicado toda nuestra vida a diseñar un plan para escalar la montaña? ¿Acaso no hemos pedido que difiriera la ascensión hasta la realización completa de nuestro plan? Y cuando combatíamos tan apasionadamente el itinerario que ese loco se ve ahora obligado a abandonar (mirad, mirad, retrocede, desciende, trabaja horas enteras para volver unos pasos atrás) y él nos increpaba con las palabras más duras, cuando pedíamos sistemáticamente cordura y precisión , cuando emitíamos apasionados juicios contra ese insensato y alertábamos a todo aquel dispuesto a prestarle apoyo o ayuda, ¿no lo hacíamos acaso exclusivamente por amor al gran plan de la ascensión de la montaña, no queríamos evitar que este magno plan se viera comprometido?

Por fortuna, quien está en la situación del alpinista de nuestro ejemplo no alcanza a oír las voces de esos “sinceros entusiastas” de la idea de la ascensión; si no, sentiría nauseas. Y es sabido que las náuseas no contribuyen a mantener la cabeza despejada y los pies firmes, sobre todo en grandes alturas.

Bertolt Brecht
Me-ti. El libro de las mutaciones.
1936(?)

Anuncios