Archivos para el mes de: septiembre, 2014

todo el resto“Si es posible argumentar que los noventa es algo que nos pasó y no deja de pasarnos, se debe a ese orden de posibles, a esa pulsión que nos indica siempre la necesidad y búsqueda de una nueva mirada, porque justamente lo que aparece allí es que la mirada sobre los noventa no es ya nunca una mirada sobre el pasado, sino sobre nuestra actualidad, sobre nuestra forma de intervenir hoy en la experiencia de nuestras vidas y en sus resignificaciones.”

Todo lo que hay se articula con no hay nada, porque no cristalizan como figuras de enunciación congeladas en una regla de oposición, sino que incitan ritualidades discursivo-estéticas que permiten la coalescencia de tales expresiones (que a la vez son experiencias). Los años noventa enfrentaron a quienes allí estuvimos (sobre todo durante la adolescencia) a una sensación de no hay nada, pero que en ningún momento dejó de inspirar ese todo lo que hay. Pues sobre los restos se erigió una estética generacional, una forma diferente al discurso heredado de ver y comprender las cosas. Puede decirse que siempre fuimos punk pero en los noventa ya no se trataba de no hay futuro -ni siquiera de una obturación del pasado y de la memoria-, más bien, como sostengo desde el comienzo, de una experiencia y una ritualidad de temporalidad. Todo lo que hay/ y no hay nada -al igual que el pasado, el presente o el futuro- se transmitían como posibilidades narrativas que impregnaban y cimentaban el discurso de una década que aún hoy persiste como metamorfosis de sus distintos y singulares relatos.”

Esteban Dipaola
Todo el resto. Estética y pulsión de los años 90.
Pánico el pánico. Buenos Aires. 2012.

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Tan temprano que casi está oscuro afuera.

Estoy cerca de la ventana con un café,
y las cosas usuales de la mañana temprano
que pasan por pensamiento.

Entonces veo a un chico y su amigo
caminado por la calle
para entregar el periódico.

Usan gorras y sudaderas
y uno de los chicos lleva un bolso sobre el hombro.

Están tan felices
que no dicen nada, estos chicos.

Pienso que si pudiesen, se tomarían
de los brazos.

Es temprano en la mañana
y están haciendo esto juntos

Ellos vienen, despacio.

El cielo está recibiendo luz,
a través de la luna que todavía cuelga pálida sobre el agua.

La belleza es tal que por un minuto
la muerte y la ambición, incluso el amor,
no logran entrar aquí.

Felicidad.
Ella irrumpe
inesperadamente
Y va más allá, verdaderamente,
de cualquier conversación matutina sobre ella.

alpinistaCuando los herreros y los campesinos hubieron conquistado el poder gracias a la ayuda de Mi-en-leh, no pudieron realizar inmediatamente todos sus planes. Su avance pareció paralizarse, y más de una vez se vieron obligados a retroceder algunos pasos. Ese espectáculo resultaba insoportable para muchos que lo contemplaban desde lejos. Cada vez que los herreros, conducidos por la Liga de los Desposeídos creada por Mi-en-leh, experimentaban un fracaso o –para evitarlo- postergaban un plan, los espectadores armaban un gran alboroto: los herreros traicionan sus principios y la Liga permite que todo quede como antes, decían. Esos espectadores concebían la transformación como un acto único, algo así como un salto sobre el abismo, que puede resultar bien o no, y si fracasa causa la muerte de quien saltó.

Mi-en-leh dijo:

Imaginemos a un hombre que quiere escalar una montaña muy alta, muy escarpada y todavía inexplorada. Supongamos que, tras de superar dificultades y peligros inauditos, logra ascender mucho más alto que cualquiera de sus predecesores, aunque sin alcanzar la cumbre. Se encuentra ahora en una situación en que no sólo es difícil y peligroso, sino simplemente imposible seguir avanzando en la dirección elegida. Se ve obligado a volverse y descender para hallar un nuevo camino que, aunque más tedioso quizás, le dará la oportunidad de alcanzar la cumbre. Pero el descenso desde esa altura hasta entonces nunca alcanzada en la que se encontraba nuestro hombre implica más peligros y dificultades que el ascenso. Es más fácil resbalar en el descenso, más difícil observar el lugar en el que se apoya el pie. En el descenso no reina ya la misma exaltación que cuando se ascendía y se avanzaba directamente hacia el objetivo. Es necesario atarse una cuerda en torno del cuerpo; se pierden horas cavando la roca con la piqueta para poder sujetar la cuerda. Hay que moverse a paso de tortuga y siempre hacia abajo, alejándose cada vez más del objetivo, sin divisarlo siquiera, si saber si al final del peligroso y torturante descenso espera otro camino pleno de esperanzas, por el  cual se podrá ascender nuevamente hacia la cumbre con mayor seguridad y rapidez sin dar rodeos.

¿No es natural que un hombre en esa situación tenga instantes de desaliento, pese a la enorme altura alcanzada? Y sin duda esos instantes serán más numerosos, más frecuentes y más difíciles de superar cuando, desde abajo, le lleguen las voces de quienes a segura distancia observan con un largavistas el peligroso descenso. Y ese peligroso descenso no puede llamarse “frenada”, porque una frenada supone un vehículo ya calculado, ya probado, un camino preparado previamente, un mecanismo sometido a experimentación. Y en este caso no hay vehículo ni camino, absolutamente nada, rigurosamente nada que haya sido objeto de un ensayo anterior.

Desde abajo llegan las voces complacidas por la desdicha ajena. Algunos expresan abiertamente esa complacencia gritando: ¡En cualquier momento se despeñará y lo tiene merecido! ¿Por qué ha sido tan loco? Los demás se esfuerzan por disimular su satisfacción según el ejemplo del traidor Kolovlev. Levantan los ojos al cielo con aire consternado y se lamentan: Desgraciadamente nuestros temores estaban justificados. ¿Acaso no hemos dedicado toda nuestra vida a diseñar un plan para escalar la montaña? ¿Acaso no hemos pedido que difiriera la ascensión hasta la realización completa de nuestro plan? Y cuando combatíamos tan apasionadamente el itinerario que ese loco se ve ahora obligado a abandonar (mirad, mirad, retrocede, desciende, trabaja horas enteras para volver unos pasos atrás) y él nos increpaba con las palabras más duras, cuando pedíamos sistemáticamente cordura y precisión , cuando emitíamos apasionados juicios contra ese insensato y alertábamos a todo aquel dispuesto a prestarle apoyo o ayuda, ¿no lo hacíamos acaso exclusivamente por amor al gran plan de la ascensión de la montaña, no queríamos evitar que este magno plan se viera comprometido?

Por fortuna, quien está en la situación del alpinista de nuestro ejemplo no alcanza a oír las voces de esos “sinceros entusiastas” de la idea de la ascensión; si no, sentiría nauseas. Y es sabido que las náuseas no contribuyen a mantener la cabeza despejada y los pies firmes, sobre todo en grandes alturas.

Bertolt Brecht
Me-ti. El libro de las mutaciones.
1936(?)

zhuangzi“El carnicero Ding estaba descuartizando un buey para el príncipe Wenhui. Por la manera en que sus manos agarraban el animal, lo apoyaba en sus hombros, afirmaba los pies en el suelo, lo mantenía bajo la presión de sus rodillas, y al hundir el cuchillo, se escapaba un sonido totalmente musical, hua, y su cuchillo seguía tan bien la cadencia, dejando oír huo, que se asemejaba por completo a un aire musical, que a veces correspondía a la danza del “Bosque de las moreras” y a veces se asemejaba a la melodía de las “Cabezas con plumaje” [o bien, otra lectura: llegaba justo con su cuchillo al punto de encuentro donde comenzaban las venas].

-¡Verdaderamente admirable! –exclamó el príncipe-. ¿Cómo ha podido tu arte alcanzar tan elevada perfección?

El carnicero dejó su cuchillo y respondió: “Estoy prendado por el tao y ello supera toda técnica. Cuando comencé a descuartizar bueyes, no podía dejar de ver al buey entero. Luego, tres años más tarde, ya no veía todo el buey [tan masivamente]. Ahora, lo encuentro mediante una aprehensión [decantada y] espiritual en lugar de mirarlo solamente a los ojos: cuando el saber de los sentidos se detiene, mi facultad espiritual aspira a suplantarlo apoyándose en la estructura natural [“celeste”] del animal. Llego así a los grandes intersticios y conduzco mi hoja a través de amplios pasajes siguiendo la conformación interna. Si no toco las venas ni las arterias ni los músculos ni los nervios, mucho menos toco los grandes huesos.

Un buen carnicero debe cambiar su cuchillo todos los años: porque corta la carne; un carnicero ordinario debe cambiar de cuchillo todos los meses: porque corta los huesos. Hace diecinueve años que hago este trabajo, he descuartizado miles de bueyes, y la hoja de mi cuchillo está tan nueva como si acabara de ser afilada. […]

Sin embargo, cada vez que llego a un punto de intersección, considero la dificultad y, tomando precauciones, con la mirada atentamente fija, actuando lentamente, manipulo el cuchillo de la manera más delicada: un huo y ya está, como si fuera un poco de tierra que se desmorona en el suelo.”

[Zhuangzi, citado por François Jullien en “Nutrir la vida”, Katz, BsAs, 2007]

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