Alcanza con escuchar los cinco primeros segundos de “Remera de Dios”, la canción que abre Estela el nuevo disco de Mi Nave, para darse cuenta de dos cosas: que el tema es un hit y que activará un mecanismo sorprendentemente parecido a una máquina del tiempo. “Antes” es la primera palabra que puede escucharse. Nada es casual. Para mí la entrada en esa máquina del tiempo significó –a través de la evocación de la canción “No Motion” de Dif Juz, una banda en la que no había pensado en años- el recuerdo de dos materialidades con las que hace tiempo que no tengo contacto: los cassettes y las revistas en papel. Fue en una compilación del sello 4AD -que llegó a mis manos en formato cinta- la que incluía esa canción. Y había leído sobre 4AD en la seminal sección “Lado B” de la revista Rock&Pop. Hace más de veinte años atrás. Reminiscencia y materialidad. Intensidades de las máquinas del tiempo.

Pero “Estela” va más allá del intento de inscribirse en un género que forma parte de una secuencia histórica cerrada (en este caso, el postpunk) para intentar prolongarla un poco más. Somete también elementos contemporáneos a procesos de hibridación. Es así como, en lugar de hacer de aquel género que desde hace unos años nombra el término postrock (casi sin conexión con aquellos proyectos musicales, tan heterogéneos, que recibieron esa misma denominación en los 90 y sus millones de colores que eran sorpresas para amigos invisibles) la jaula estética en la que suele convertirse para quienes se acercan a él, lo desarman para cruzarlo bajo mil conexiones con materiales de las procedencias más diversas.

Y es que, como en los juegos verdaderamente interesantes: aquellos en los cuales el jugar mismo altera las reglas de juego, el disco aloja irrupciones. Rupturas que dan placer, que dan la forma de la figura y hacen sentir emociones. En primer lugar, ‘Matt Damon’ y su inesperada coda, pura insistencia de bronces minimalistas. Y luego en el cierre del disco, donde una cadencia cumbiera es soporte de un sutil ritornello de un momento postpunk previo del disco, una idea musical seguramente salida de la sien, luego de hacer –como en los juegos de los que hablábamos antes- de la caída un paso de danza.

Como bien dice un amigo: a más hibridación, mayor potencia. Esas son las ventajas de producir desde la periferia: puesta en flotación de las diferencias, puesta en suspenso de las jerarquizaciones, para imaginar nuevas composiciones, nuevos ensambles que nos permitan hacer algo inesperado con lo que hicieron de nosotros. Porque ni el río ni nosotros somos los mismos. Y todo lo que retomamos, por el mismo hecho de hacerlo, se vuelve otra cosa: con algo de suerte, un recurso para seguir explorando nuestro presente de pasajes sin retorno.

[esta reseña se publicó originalmente en rosario indie]

Anuncios