las zonas de indiferenciación

“Nada -ni siquiera nosotros mismos- nos es
dado más que a medias, en una penumbra donde
se debate lo inacabado, donde nada tiene
ni plenitud de presencia, ni total cumplimiento, ni existencia plena”

Etienne Souriau
Les Différents modes d’existence, 1943

En una entrevista perdida, hace décadas, Brian Eno decía que los sonidos que le interesaban no eran ni los totalmente reconocibles ni los absolutamente extraños sino los que se situaban en cierta zona intermedia, entre lo habitual y lo inusual. Creo que los aspectos más interesantes de la música pop del presente pasan por una extensión de esta lógica, que Eno propuso para el diseño sonoro, a los demás elementos constitutivos de la música.

En Te vamos a salvar, segundo larga duración de Pol Nada, la zona de indiferenciación que constituye el campo de exploración estética se sitúa entre la armonía y la melodía. Los desarrollos armónicos tienen un peso predominante en la mayoría de las canciones y las melodías, construidas mayormente por notas de larga duración, trabajan al interior –y no sobre- ese desarrollo armónico, como si constituyeran puntuaciones, señalamientos de distintos matices de la situación armónica.

El efecto se profundiza al existir segundas voces en la mayoría de las canciones. Así, esta zona de indiferenciación melódico-armónica genera una difusión de los límites que nos aloja, invitando a que uno incorpore su propia voz en la canción, recorriendo alguna otra línea posible en la variación de los acordes. Son canciones voluntariamente incompletas que, más que exponer una secuencia biográfica propia de una subjetividad autocentrada, se presentan como aperturas, como espacios de contacto. No son canciones del ‘yo’, sino del ‘nosotros’.

Otro recurso constitutivo de estas zonas de indiferenciación son los pequeños loops melódicos, predominantemente construidos con material vocal, que en su entrelazamiento también van constituyendo distintas acentos para las secuencias armónicas en curso.

Esta zona de indiferenciación melódico-armónica remite además de modo contundente a una memoria emotiva. Al situarse entre lo “totalmente reconocible” y lo “absolutamente extraño”, la experiencia de la escucha cataliza procesos asociativos que nos reenvían a otras canciones –con secuencias armónicas parcialmente compartidas-, pero también a otras situaciones afectivas. Allí opera otra apertura, la que conecta el presente con el pasado, pero no de modo unívoco sino al modo de exploraciones tentativas y aproximaciones en las que, quizá, se cifren anticipaciones de lo aún no vivido.

[originalmente publicado en rosarioindie.com]

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