Archivos para el mes de: abril, 2012

Carver-o-matic

Es tan temprano que casi no hay luz afuera.
Estoy parado junto a la ventana.
Tengo una taza de café en la mano,
y en la cabeza lo que a aquellas horas
se suele confundir con pensamientos.

Entonces veo al chico con su amigo
que vienen por la calle
para entregar el diario.

Tienen puestas gorritas y pulóveres,
y uno transporta una mochila al hombro.
Tan felices están
que ni abren la boca, estos dos chicos.

Creo que, si pudieran,
se tomarían del brazo.
Es muy temprano de mañana, y ellos
están haciendo este trabajo juntos.

Se acercan lentamente.
El cielo ya comienza a iluminarse,
aunque la luna cuelga pálida sobre el agua.

Tanta belleza que, por un minuto,
la ambición o la muerte, o incluso hasta el amor,
nada tienen que ver con todo esto.

Felicidad. Viene sin que la llamen,
y trasciende cualquier disquisición
matutina al respecto.

[traducción de Ezequiel Zaidenwerg]
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Fsln_en_los_ojos
 

managua | nicaragua | 1984 | ph: pedro meyer

Pessoa-o-matic

tenemos, los que vivimos, 
una vida que es vivida
y otra vida que es pensada.
y la ??nica que tenemos
es la vida dividida
entre la verdadera y la errada.

cu??l no obstante es verdadera
y cu??l errada, ninguno
nos lo sabr??a explicar;
y vivimos de manera
que la vida que uno tiene
es la que debe pensar.

[fernando pessoa. 1933]

‎”La hospitalidad es el acto de unir el individuo a un colectivo. Se opone en todos los aspectos al acto de exclusión. El justo incluye, él “inserta”, remienda el tejido social. En una sociedad de justos, y según la forma de la reciprocidad, cada uno trabaja para incluir a los otros. En un mundo en el que todo se mueve, donde todos son llevados a cambiar, la hospitalidad, moral de los nómadas y de los emigrantes, se convierte en la moral por excelencia.”
[Pierre Lévy. Inteligencia Colectiva. Por una antropología del ciberespacio. 2004]

la única manera
de que tu cuerpo se conecte
con una forma de vida
es a través mío

la única manera
de que un punto de goce
se conecte con un estímulo
es a través mío

hagamos cuentas! 

Habitar_el_estado_0001

  

Predominancia de un sentido común a-político y a-estatal:

El moralismo crítico

 

(……)

 

 

Es en este contexto que, como ideología de la demanda, aparece, prolifera y llega a dominar una forma del discurso moral que he­mos dado en llamar moralismo crítico. En cuanto discurso moral no-erudito ni explicitado, sino -por lo menos para sí mismo- es­pontáneo y anónimo, el moralismo crítico se corporiza en una serie de definiciones y lugares comunes que delinean una subjeti­vidad específica. Podemos reconocerlo a partir de sus dos princi­pales supuestos. 

 

 

En primer lugar, el moralista cree que, en algún momento, la verdad triunfa, aun cuando perezca el mundo. Fiat iustitia, pereat mundus, afirma el adagio atribuido al emperador Ferdinand I. A su vez, el elemento crítico del moralismo deriva del hecho de que si el sujeto de este discurso no sospechara de alguna fuerza que opera ocultamente —en contra del advenimiento de la verdad- po­dría ser acusado de cómplice del mal. Por consiguiente, si se advir­tiera algún trajín investigativo o indagador en el moralista no habría que remitirlo a una voluntad de saber., sino a cierta compul­sión a desocultar una gran conspiración. Así pues, para estar a la altura de sus pretensiones, el moralista no está obligado a actuar, sino sólo a advertir a los demás sobre todo lo que desconocen, lo cual, por ende, los convierte en ingenuos. Ingenuo es, para el mo­ralista crítico, el candidato al próximo desengaño. La pulsión crí­tica, que tanto en la ciencia como en la política está subordinada -respectivamente- al conocimiento y la construcción, se sale de quicio y acaba por convertirse en un modo autosubsistente y sin­gular de pensar, sentir y actuar. La pulsión crítica, desligada de toda meta e institución, se asemeja a Don Juan: sólo permanece al lado de su “presa” el tiempo estrictamente necesario para no su­cumbir al amor. Si la pura crítica se demorara en su objeto, podría quedar atrapada por él y acaso sentir la responsabilidad de una construcción posible. 

 

 

En segundo lugar, el moralismo crítico postula que el poder es en general malo o, si se quiere, malvado. De esto se infiere, por pura lógica, que la impotencia está más cerca del bien que el poder; aquí está en su casa la eterna desconfianza en la política y el Estado, una actividad y una institución sospechosos de tener rela­ción con aquél. Ahora bien, si tenemos en cuenta que los seres humanos jamás se han congregado -hasta la presente época, al menos- de modo angelical ni puramente cooperativo, el moralismo crítico puede ser definido también como una miopía fundamental respecto del origen político de toda estructuración social o, si se quiere, del lazo social mismo. Un moralista crítico aceptaría quizá vivir en una sociedad sin Estado, pero advertiría inmediata­mente que el matiz preponderante de su vida, la crítica, quedaría sin objeto. 

 

La actual proliferación epidémica del moralismo crítico es pro­bablemente el sucedáneo del fracaso de la política para producir integración social y del discurso ético como potencia positiva y no meramente prohibitiva. Se despacharía empero muy rápidamente a este fenómeno o saber moral si se lo redujera al mero reemplazo del discurso político por una posición provisoria, que aguardaría el momento más oportuno para construir una alternativa política superadora. El moralista no cree que la crítica sea un instrumento o procedimiento, sino un modo de vida. A esa forma de vivir la llama sin embargo decente o civilizada y se reserva para sí oficiar de vigía frente a los excesos del poder (que residen exclusivamente, desde luego, en el Estado y la actividad política). En rigor, el mo­ralismo crítico esconde entre sus pliegues un germen intensamente a-político; al abusar de su diatriba contra la vitalidad de la política, acaba por demandar, lo sepa o no, que ésta no sea invención de lo común y se convierta en técnica neutra. 

 

 

Para el pensamiento estatal, el moralismo crítico es un conjunto de lugares comunes y de definiciones de lo ético atribuibles a una forma subjetiva históricamente determinada que, sin embargo, domina en los últimos años el sentido común ético. El moralismo crítico es un discurso hegemónico y, en tanto tal, condiciona sensi­blemente el posicionamiento que nuestra comunidad y, en particu­lar, los agentes del Estado asumen frente a lo político-estatal. A la luz de las condiciones en las que nos ha tocado hacer historia, las consecuencias de este discurso son devastadoras. En primer lugar, el Estado queda impugnado en cuanto institución y actor social en lo relativo a su prestigio y su poder. En segundo lugar, en lo que toca a los agentes y funcionarios estatales, el asunto parece aun peor. No es difícil ver que si, por un lado, el discurso ético con que los agentes y funcionarios del Estado se piensan a sí mismos pro­viene de la moral social compartida y, por el otro, esta moral com­partida se halla profusamente colonizada por el moralismo crítico, entonces el Estado se vuelve un lugar inhabitable y el intento de ocuparlo, una pretensión inconfesable. 

 

 

Que el ciudadano privado sostenga una posición denunciante frente al Estado no deja de ser, en ocasiones, inteligible. Por un lado, puede sostenerse por medio de una vigilia que le permite encontrar, al menos por momentos, cierta justificación o razón de ser; acaso alguna emoción o incluso cierta imagen interesante de su vida. Por el otro, hallará o creerá hallar en diversas operaciones, noticias o actividades relativas al Estado el signo de lo que se gesta entre las bambalinas del “poder”. En cambio, para el agente o funcionario, para quien habita el Estado -o intenta hacerlo-, la cuestión es menos auspiciosa. En este caso no es posible regoci­jarse en el denuesto del Estado o la política, para luego volver, aligerado, a las cuitas diarias. Las cuitas diarias transcurren justa­mente en el Estado. Por esta razón, la forma que hasta ahora ha permitido dar un halo interesante al moralismo dentro del Estado es la resistencia. Al resistir, quien trabaja en el Estado se permite posponer indefinidamente el momento en que asume su pertenen­cia estatal. En cambio, quien no resiste -para cierta variante olvi­dable de algún foucaultianismo- corre el riesgo de ser lo que es. 

 

 

El moralismo crítico es, a su manera, melancólico. Se enfrenta a una configuración estatal que ya no existe, pero le restituye espasmódicamente un poder ya perdido con tal de no extinguirse subje­tivamente.

 

 

 

[Sebastián Abad, Mariana Cantarelli. Habitar el Estado. Pensamiento estatal en tiempos a-estatales. Hydra. Buenos Aires. 2010] 

 

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