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«Tal vez es que estamos viviendo de una nueva manera las relaciones teoría-práctica. La práctica se concebía como una aplicación de la teoría, como una consecuencia, o bien, al contrario, como inspiradora de la teoría, como si ella misma fuese creadora para una forma de teoría. De cualquier modo, sus relaciones se concebían bajo la forma de un proceso de totalización, tanto en un sentido como en el otro. Es posible que, para nosotros, la cuestión se plantee de otra manera. Las relaciones teoría-práctica son mucho más parciales y fragmentarias. Por una parte, una teoría siempre es local, relativa a un pequeño campo, aunque puede ser aplicada a otro, más o menos lejano. La relación de aplicación nunca es de semejanza. Por otra parte, desde que la teoría profundiza en su propio campo se enfrenta con obstáculos, muros, tropiezos que hacen necesario que sea relevada por otro tipo de discurso (es este otro tipo de discurso el que, eventualmente, hace pasar a un campo diferente). La práctica es un conjunto de relevos de un punto teórico a otro, y la teoría, un relevo de una práctica a otra. Ninguna teoría puede desarrollarse sin encontrar una especie de muro y se precisa de la práctica para perforar el muro.»

[versión completa aquí: Foucault y Deleuze – Un diálogo sobre el poder]

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“Mi «retorno a Freud» significa simplemente que los lectores se preocupen por saber qué es lo que Freud quiere decir, y la primera condición para ello es que lo lean con seriedad. Y no basta, porque como una buena parte de la educación secundaria y superior consiste en impedir que la gente sepa leer, es necesario todo un proceso educativo que permita aprender a leer de nuevo un texto. Hay que reconocerlo, antes no se sabía hacer otra cosa, pero al menos se hacía bien; en cambio, actualmente tampoco podemos decir que sabemos hacer otras cosas, aunque estamos convencidos de ello; no basta con hablar de método experimental para saberlo practicar. Sentado esto, saber leer un texto y comprender lo que quiere decir, darse cuenta de qué «modo» está escrito (en sentido musical), en qué registro, implica muchas otras cosas y sobre todo, penetrar en la lógica interna del texto en cuestión”.

J. Lacan entrevistado por Paolo Caruso (1966)

[la entrevista completa acá]

“Un saber como el que llamamos científico es un saber que, en el fondo, supone que hay verdad por doquier, en todo lugar y todo tiempo. Más precisamente, para el saber científico hay, desde luego, momentos en que la verdad se aprehende con más facilidad, puntos de vista que permiten percibirla con mayor comodidad o seguridad; hay instrumentos para descubrirla donde se oculta, donde se ha rezagado o enterrado. Pero, de todas formas, para la práctica científica en general siempre hay verdad; la verdad está siempre presente en cualquier cosa o debajo de cualquier cosa, y se puede plantear la cuestión de la verdad con referencia a todo. El hecho de que esté enterrada, que sea difícil de alcanzar, no remite sino a nuestros propios límites, a las circunstancias en que nos encontramos. En sí misma, la verdad recorre el mundo entero sin jamás ser interrumpida. En ella no hay agujero negro. Esto quiere decir que para el saber de tipo científico nunca hay nada que sea suficientemente insignificante, fútil, pasajero u ocasional para no suponer la cuestión de la verdad, nada que sea lo bastante lejano, pero nada, asimismo, que sea lo bastante próximo para que no se le pueda preguntar: ¿quién eres, en verdad? La verdad habita todas y cada una de las cosas, aun ese famoso recorte de uña del que hablaba Platón. Esto significa no sólo que la verdad habita por doquier y que en todo instante se puede plantear la cuestión concerniente a ella, sino también que no hay nadie que, desde un principio, esté descalificado para decirla, siempre que, por supuesto, tengamos los instrumentos necesarios para descubrirla, las categorías indispensables para pensarla y el lenguaje adecuado para formularla en proposiciones. Digamos, para hablar de una manera aún más esquemática, que tenemos aquí cierta postulación filosófico-científica de la verdad que está ligada a una tecnología determinada de la construcción o la constatación como derecho universal de la verdad, una tecnología de la demostración. Digamos que tenemos una tecnología de la verdad demostrativa que, en suma, se funde con la práctica científica.

Ahora bien, creo que en nuestra civilización hubo otra postulación, muy distinta, de la verdad. Esa otra postulación, sin duda más arcaica que la anterior, fue descartada o recubierta poco a poco por la tecnología demostrativa de la verdad. Y esa otra postulación, que a mi entender es totalmente crucial en la historia de nuestra civilización, por el hecho mismo de haber sido recubierta y colonizada por la otra, es la postulación de una verdad que, justamente, no está por doquier y siempre a la espera de alguien que, como nosotros, tiene la tarea de acecharla y asirla en cualquier lugar donde se encuentre. Se trataría ahora de la postulación de una verdad dispersa, discontinua, interrumpida, que sólo habla o se produce de tanto en tanto, donde quiere, en ciertos lugares; una verdad que no se produce por doquier y todo el tiempo, ni para todo el mundo; una verdad que no nos espera, pues es una verdad que tiene sus instantes favorables, sus lugares propicios, sus agentes y sus portadores privilegiados. Una verdad que tiene su geografía: el oráculo que dice la verdad en Delfos no la formula en ninguna otra parte y no dice lo mismo que un oráculo situado en otro lugar; el dios que cura en Epidauro y dice a quienes acuden a consultarlo cuál es su enfermedad y cuál el remedio que deben aplicar, sólo cura y formula la verdad de la enfermedad en Epidauro y en ninguna otra parte. Verdad que tiene su geografía, verdad que tiene también su propio calendario o, al menos, su propia cronología.

(…)

Tenemos, entonces, la verdad que se constata, la verdad de demostración, y tenemos la verdad acontecimiento. Esta verdad discontinua podría recibir el nombre de verdad rayo, en contraste con la verdad cielo, universalmente presente bajo la apariencia de las nubes. Nos vemos, en consecuencia, ante dos series en la historia occidental de la verdad. La serie de la verdad descubierta, constante, constituida, demostrada, y la serie de la verdad que no es del orden de lo que es sino de lo que sucede, una verdad, por lo tanto, no dada en la forma del descubrimiento sino en la forma del acontecimiento, una verdad que no se constata y, en cambio, se suscita, se rastrea: producción más que apofántica; una verdad que no se da por medio de instrumentos, sino que se provoca por rituales, se capta por artimañas, se aferra cuando surge la ocasión. En lo que le concierne no se tratará entonces de método sino de estrategia. Entre esa verdad acontecimiento y quien es asido por ella, quien la aprehende o es presa de su toque, la relación no es del orden del objeto y el sujeto. No es, por ende, una relación de conocimiento; es, antes bien, una relación de choque, una relación del orden del rayo o del relámpago; también una relación del orden de la caza, una relación, en todo caso, arriesgada, reversible, belicosa, de dominación y de victoria y, por tanto, no de conocimiento sino de poder.”

Michel Foucault
Clase del 23 de enero de 1974
Curso “El poder psiquiátrico” dictado en el Collège de France

Derrida JacquesLa palabra proferida o inscrita, la letra o la carta, es siempre robada. Siempre robada porque siempre abierta. Nunca es propia de su autor o de su destinatario, y forma parte de su naturaleza que no siga jamás el trayecto que lleva de un sujeto propio a un sujeto propio. Lo cual equivale a reconocer como su historicidad la autonomía del significante que antes de mí dice por sí solo más de lo que creo querer decir, y en relación con el cual mi querer decir, sufriendo en lugar de actuar, se encuentra en falta, se inscribe, diríamos, en pasivo. Soplada, esto es, sustraída por un comentador posible que la reconocería para colocarla en un orden, orden de la verdad esencial o de una estructura real, psicológica o de otro tipo. El primer comentador es aquí el oyente o el lector, el receptor que no debería ser el «público» en el teatro de la crueldad. Artaud sabía que toda palabra caída del cuerpo, que se ofrece para ser oída o recibida, que se ofrece como espectáculo, se vuelve enseguida palabra robada. Significación de la que soy desposeído porque es significación. El robo es siempre el robo de una palabra o de un texto, de una huella.

J. Derrida, La palabra soplada.

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“Yo no soy en modo alguno partidario de fabricar cosmovisiones. Dejémoslas para los filósofos, quienes, según propia confesión, hallan irrealizable el viaje de la vida sin un Baedeker así, que dé razón de todo. Aceptemos humildemente el desprecio que ellos, desde sus empinados afanes, arrojarán sobre nosotros. Pero como tampoco podemos desmentir nuestro orgullo narcisista, busquemos consuelo en la reflexión de que todas esas «guías de vida» envejecen con rapidez y es justamente nuestro pequeño trabajo, limitado en su miopía, el que hace necesarias sus reediciones; y que, además, aun los más modernos de esos Baedeker son intentos de sustituir el viejo catecismo, tan cómodo y tan perfecto. Bien sabemos cuán poca luz ha podido arrojar hasta ahora la ciencia sobre los enigmas de este mundo; pero todo el barullo de los filósofos no modificará un ápice ese estado de cosas; sólo la paciente prosecución del trabajo que todo lo subordina a una sola exigencia, la certeza, puede producir poco a poco un cambio. Cuando el caminante canta en la oscuridad, desmiente su estado de angustia, mas no por ello ve más claro.”
 
Sigmund Freud. “Inhibición, síntoma y angustia”. Cap. II. (1926)

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01. la ‘estructura lógica’ de la contradicción de la izquierda es que, mientras no tenga la fuerza suficiente para cambiarlo de raíz, construye alternativas al sistema dentro del marco del sistema.

02. la ‘estructura lógica’ de la contradicción de la derecha es que, para garantizar la permanencia del sistema, necesita construir gobernabilidad a través de concesiones a las mayorías.

03. cada polo, izquierda o derecha, intenta profundizar la contradicción del otro, en función de generar mejores condiciones para avanzar con su propio proyecto.

04. las divisiones binarias del tipo blanco/negro son simplificaciones de la verdadera lógica del antagonismo, que es el enfrentamiento entre polos que a la vez son contradictorios en sí mismos.

05. la noción de hegemonía muestra, justamente, que no se construyen mayorías *eliminando* por completo al otro término de la polaridad, sino logrando *subsumir* la mayor cantidad de elementos del polo antagónico bajo la propia estrategia, profundizando la contradicción ajena al punto de desarticular su capacidad de contraataque y convirtiendo la propia contradicción en *tensión productiva*, en motor de la expansión del proceso de transformación social.

“desde hace diez o quince años, lo que se manifiesta es la inmensa y proliferante criticabilidad de las cosas, las instituciones, las prácticas, los discursos; una especie de desmenuzamiento general de los suelos, incluso y sobre todo de los más conocidos, sólidos y próximos a nosotros, a nuestro cuerpo, a nuestros gestos de todos los días. Pero, al mismo tiempo que ese desmenuzamiento y esa sorprendente eficacia de las críticas discontinuas y particulares, locales, se descubre en los hechos, por eso mismo, algo que acaso no se había previsto en un principio: lo que podríamos llamar efecto inhibidor propio de las teorías totalitarias, y me refiero, en todo caso, a las teorías envolventes y globales. No digo que esas teorías envolventes y globales no hayan proporcionado y no proporcionen todavía, de una manera bastante constante, instrumentos localmente utilizables: el marxismo y el psicoanálisis están precisamente ahí para demostrarlo. Pero creo que sólo proporcionaron esos instrumentos localmente utilizables con la condición, justamente, de que la unidad teórica del discurso quedara como suspendida o, en todo caso recortada, tironeada, hecha añicos, invertida, desplazada, caricaturizada, representada, teatralizada, etcétera. Sea como fuere, cualquier recuperación en los términos mismos de la totalidad provocó, de hecho, un efecto de frenado. Entonces, primer punto, si ustedes quieren, primer carácter de lo que pasó desde hace quince años: carácter local de la crítica; lo cual no quiere decir, me parece, empirismo obtuso, ingenuo o necio, y tampoco eclecticismo blando, oportunismo, permeabilidad a cualquier empresa teórica, ni ascetismo un poco voluntario, reducido a la mayor magrura teórica posible. Creo que ese carácter esencialmente local de la crítica indica, en realidad, algo que es una especie de producción teórica autónoma, no centralizada, vale decir, que no necesita, para establecer su validez, el visado de un régimen común.”

michel foucault
“(…) hay que defender la sociedad (…)”
curso en el collège de france
clase del 7 de enero de 1976

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Una epistemología es un tipo de relación con el saber. Un modo de vincularnos con los textos, las teorías, las ideas y los conceptos que son efecto del trabajo del pensamiento. Proponernos entonces comenzar a pensar una disciplina por inventar, la “epistemología del hacer”, que implica asumir como punto de partida la siguiente pregunta: ¿Qué tipo de relación con el saber conviene establecer desde la perspectiva del hacer? Y si entendemos esa “conveniencia” en términos de potencia o fecundidad, la pregunta podría reformularse del siguiente modo: ¿Qué modo de vincularnos con el saber resulta más fecundo o más potente para nuestras prácticas?

Esta pregunta, que organiza la relación con la teoría como un problema de incremento de la potencia de nuestras prácticas implica asumir una relación política con la teoría antes que una relación teórica con la política.

Llegados a este punto, queda claro que no sólo se trata de pensar la teoría y la práctica sino que lo crucial es abordar la forma en la que ambas se relacionan.

[el resto del texto puede leerse acá]

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En la primera temporada de la serie norteamericana Mad Men, situada inicialmente en los años 50, Betty Hofstadt, la esposa de Don Draper, atraviesa un largo período de malestar y angustia ante las diferencias que encuentra entre la vida matrimonial y familiar previamente imaginada y la experiencia real. Finalmente comienza a sentir cierto entumecimiento en sus manos. El síntoma entra en escena. Los médicos califican a esta afección como “psicosomática”. Betty es derivada a un psiquiatra, quien le propone iniciar un análisis.

Luego de las entrevistas preliminares, Betty comienza recostarse en el diván. Asocia libremente. Al inicio encuentra en esa experiencia un inusual espacio de libertad para su decir. Y concurre a sus sesiones con regularidad.

Con la misma regularidad, luego de cada sesión, su analista se comunica telefónicamente con su esposo para transmitirle las palabras de su paciente, en una clara violación de toda premisa de confidencialidad.

Betty no tarda en descubrir la maniobra. Y, finalmente, termina separándose de su marido y dejando de asistir a las sesiones.

La secuencia pone en escena el modo en el que un supuesto practicante del psicoanálisis puede estar atravesado por el machismo propio de su época, al punto de que ese atravesamiento lo lleve a minar las disposiciones éticas de la actividad de la que se presenta como practicante.

La serie, en general, invita a comparar aquella época con la nuestra. En sus diferencias. Pero también en sus continuidades.

 

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Llamar a derrocar el orden existente
parece espantoso.
Pero lo existente no es ningún orden.

Recurrir a la fuerza
parece malo.
Pero dado que la fuerza se pone en práctica
de modo rutinario, ello no es nada del otro mundo.

El comunismo no es lo extremo
que sólo puede realizarse en una pequeña porción
sino que antes de que esté realizado del todo
no hay ninguna situación soportable
ni siquiera para los insensibles.

El comunismo es en realidad la exigencia mínima
lo más inmediato, moderado, razonable.
Quien se opone a él no es un pensador discrepante
sino un irreflexivo o quizá alguien
que sólo piensa en sí mismo
un enemigo del género humano
espantoso
malo
insensible
alguien que quiere lo extremo,
eso que si se realiza incluso en una mínima porción
arruinará a la humanidad entera.

[Bertolt Brecht]

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